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¿Qué ha pasado en el primer municipio santuario?

Ilopango contra su sombra

Carlos Martínez / Fotos: Mauro Arias

¿Qué pasó en Ilopango durante su primer mes como municipio “libre de violencia”? Más allá de los números fríos, que anuncian un incontestable desplome de los homicidios, Ilopango muestra a unas pandillas con el dilema de intentar reinventarse y a la vez preservar su esencia, y a una comunidad sometida por la brutalidad pandilleril deseosa de creer en la única esperanza que ha visitado en años: la tregua. Esta es la historia del primer municipio santuario y de su lucha por creer sus propias promesas.
ElFaro.net / Publicado el 18 de Marzo de 2013

Por una ladera escabrosa y empinada que se precipita hasta el fondo de un barranco, bajan dos señoras de sociedad, ayudadas por su chófer y guardaespaldas. Van levantando polvo y midiendo cada paso para no equivocar el pie que las haría rodar sin remedio hasta el fondo. El escolta las sujeta por los antebrazos con delicadeza y ellas intentan no perder la estampa y sonreír bajo un sol rabioso que está a punto de alcanzar el cenit.

Hace unos meses esta hondonada era utilizada como basurero al aire libre por los vecinos de la zona y junto con las bolsas de basura –en los casos afortunados en los que la basura era lanzada dentro de una bolsa- crecía una maleza silvestre e hirsuta. Años antes había funcionado una granja de pollos cuyos propietarios fueron abandonando con el paso del tiempo debido a la violencia que imperaba en el sector, hasta que la pequeña quebrada que ahora apenas lame las piedras con un agua sospechosa perdió el juicio en 2011, a causa de las lluvias torrenciales, e inundó este vallecito arrancando la estructura de la granja, rompiendo sus pilares y retorciendo las láminas contra las rocas. Entonces quedó a merced de la basura y la maleza.

Este sol cancerígeno les alborota los perfumes a las señoras y las ahoga en el vaho de su propia esencia. Llevan gafas de sol con enormes aros estilizados y mientras bajan la barranca a trompicones van enterrando sus delgadas zapatillas en el polvo. Sobre sus cabezas, adornadas con peinados al estilo Bouffant –muy de moda entre la aristocracia de los años 60- que levanta el cabello a fuerza de fijador hasta hacerlo parecer una corona, o un casco, gravita el hollín de hojarasca quemada.

Una de esas damas de sociedad es una señora vestida con elegancia casual y con evidentes retoques faciales para disimular la edad. La otra es Mercedes Gloria Salguero Gross, fundadora del partido Arena que gobernó el país durante dos décadas seguidas; redactora de la Constitución de la República de 1983 y ex presidenta del parlamento entre 1994 y 1997, desde donde promovió fervientemente, pero sin éxito, la pena de muerte para el delito de homicidio. Abajo, en el pequeño valle que se forma a los pies de estas laderas de tierra hay un toldo blanco con el escudo de la alcaldía de Ilopango bajo el que esperan dos pastores evangélicos, un sacerdote católico, el alcalde y buena parte de la poderosa clica de la Mara Salvatrucha (MS-13) que domina esta zona.

Ilopango es uno de los 14 municipios que conforman el área metropolitana de San Salvador y carga sobre su nombre el estigma de ser violento, muy violento y cundido de pandilleros violentos. En los últimos años la tasa de asesinatos se ha movido entre los 70 y los 100 por cada 100 mil habitantes. En números brutos, el año 2010 registró 85 homicidios, el año siguiente hubo 117, y el año pasado, en el que entró en vigor la tregua entre pandillas, hubo 62. Lo que resulta innegable es que los pandilleros tienen sobre este municipio una presencia poderosa y cotidiana.

Debido a su estigma de lugar pendenciero y peligroso y al entusiasmo con que su alcalde, Salvador Ruano, abrazó la idea de que la solución a la violencia del país pasaba por dialogar y negociar con las pandillas, Ilopango fue el primer municipio declarado “libre de violencia” por parte de las más altas autoridades de seguridad del país. El acto que está a punto de celebrarse es considerado por las autoridades municipales, por los clérigos, por Mercedes Gloria Salguero Gross y por la veintena de miembros de la Mara Salvatrucha un éxito y una clara señal de esperanza.

Marvin es el vocero de la Mara Salvatrucha de todo Ilopango, lo que de ninguna manera significa que sea el jefe de la MS-13 en este lugar. Significa solo eso: que algunas mentes, que algunas voces dentro y fuera de las cárceles creyeron que él era el apropiado para dar la cara. Cuando se le pide una entrevista Marvin responde: “Así como usted, yo tengo una jerarquía que debo respetar, déjeme consultar y yo le aviso a ver qué me dicen”.

Quienes lo nombraron vocero deben tener muy buen ojo para la imagen pública. Marvin se escapa de todo el estrafalario cúmulo de clichés sobre los mareros: no está tatuado de manera visible y de todas formas, si llevara tatuajes no sería fácil notarlos sobre una piel tan morena. Al verlo de espaldas parecería un adolescente en los años de la más temprana adolescencia; tiene una apariencia frágil, apenas por encima del metro y medio, con una espalda delgada y ropa que invariablemente parece hecha para alguien más corpulento. Pero su cara no es la de un niño, es la de un hombre, que nunca ríe, que mira detrás de unas gafas, que siempre mide lo que dice y que siempre habla en serio. Marvin es el tipo de personas a las que es fácil creer una promesa.

Este día el vocero de la Mara lleva –como siempre- cubiertos los antebrazos con una camiseta de algodón y un jeans metido en unas botas de hule blanco que son las de faena. Están a punto de inaugurar una nueva granja de pollos, en el mismo lugar que hace años funcionó otra. Esta vez han sido los hommies de la pandilla quienes la han construido con sus propias manos: han aserrado, martillado, cortado, clavado, serruchado… cada pieza de esta granjita.

De los trescientos pollos que recibieron hace dos días solo han muerto dos, y lo atribuyen al flash de una cámara de la alcaldía que retrató el momento. Así que ahora está prohibido alumbrar a los pollitos y los pandilleros se contienen las ganas de levantar los plásticos negros de la granja para mirarlos. Para entrar al corral, Marvin moja la suela de sus botas en agua yodada, para no contaminarlos, y los contempla con el gesto circunspecto: cree que la presencia de tantos medios de comunicación terminará matando a más de un pollo, pero también sabe que es un mal necesario. La alcaldía convocó a todos los periódicos, radios y canales de TV a cubrir la noticia.

Marvin espera que esta granja le de sustento a al menos 20 pandilleros y a sus familias. Pero no lo dice con gran contentura –aunque hay que decir que él no dice nada con gran contentura-. Torna los ojos para sacar cuentas: solo en Ilopango hay 14 clicas y la más pequeña es la Guanacos Locos, que tiene 20 miembros. Su propia célula tiene 45 homeboys activos. “Pero no es así nomás, solo nosotros tenemos como a 30 homeboys presos y no los podemos dejar perder, así que solo ahí habría 75 personas y ponele que cada clica ande por ahí… más los 37 muertos que tenemos, que también hay que ver por sus familias…”. Marvin estima que el tamaño del problema es de al menos 500 personas. “Y eso sólo de nosotros, de la MS. ¿cómo ves el problema? Púchica, es grande el problema ¿verdad?”.

Para no tener que partir el pastel en pedacitos más pequeños, algunas clicas han dejado de incorporar a nuevos miembros a la pandilla y repiten que no esperan mucho, que esperan un salario mínimo. “Somos como un animalito: agua y tortillas y sobrevivimos”, sentencia el Marvin, mientras controla con la mirada que todo esté ordenado, listo para el evento.

Una semana antes de la inauguración, otro homeboy explicaba sus preocupaciones con respecto al futuro de la empresa: “Lo que nos gustaría es que el Súper Selectos nos comprara todo el producto, por lo pronto lo que pensamos es venderlo en los mercados de aquí” y siguió reflexionando en voz alta: “pero en los mercados de acá distribuyen los del Pollo Sello de Oro, ahí la Mara va a tener que ver cómo hacerle para que ya no vengan o para que mejor nos compren a nosotros…”. Y luego, quizá al percatarse de cómo había sonado aquello: “Pues sí, pero no intimidando, sino haciéndole conciencia a la gente, porque si no eso ya sería como bravuconada ¿verdad? Y eso es lo que estamos tratando de evitar…”

Hay muchos pandilleros en este lugar, los más jóvenes fuman y escuchan música de sus teléfonos celulares, se acurrucan huraños, se reúnen en grupo, vigilan el sector, se tapan el rostro con pañoletas y enseguida lo destapan, acarrean cosas, echan vistazos a los pollos, intentan ayudar en algo. Algunos impostan al extremo la mirada pandillera: la cabeza ligeramente echada para atrás, el rostro de lado, los ojos orgullosos que miran retadores, los labios fruncidos… pero es imposible ocultar que apenas son niños. Los mayores están sentados sobre unas sillas plásticas, en actitud señorial, pegados a tus teléfonos que no paran de sonar.

No han venido autoridades de la policía, aunque se les invitó; tampoco llegaron los habitantes de los cantones y comunidades de la zona, aunque se les invitó, tampoco llegaron representantes del Barrio 18, aunque también se les invitó y no hay cámaras, ni canales de TV transmitiendo en vivo, ni radios, ni periodistas. Al comenzar solo hay una cámara de un canal religioso y luego llegaría una más del programa sensacionalista “Código 21”. En este lugar lo que hay es funcionarios municipales, pandilleros y algunos familiares de estos. Además justo ahora terminan de bajar la ladera dos sonrientes damas de sociedad.

Gloria Salguero reparte dos pelotas de fútbol a los pandilleros durante el acto de inauguración de la granja de pollos en Ilopango. Foto Mauro Arias

 
Gloria Salguero reparte dos pelotas de fútbol a los pandilleros durante el acto de inauguración de la granja de pollos en Ilopango. Foto Mauro Arias 

Todos se apiñan abajo del toldo para dar inicio a la ceremonia. Se ha dispuesto una hilera de sillas para las autoridades e invitados especiales frente a otra hilera de sillas, para las autoridades de la Mara Salvatrucha en Ilopango. Los pastores bendicen la granja, felicitan a los muchachos, claman al cielo pidiendo apoyo, o si no es posible, pues el visto bueno del Creador. Raúl Mijango –que ha llegado solo, sin ninguna pompa, al evento- pronuncia unas palabras cortas y cede el micrófono a la ex diputada constituyente que ofrece un largo discurso motivacional:

“Gracias, un abrazo para todos y decirles que me siento muy contenta y muy feliz de estar aquí, desde el primer día en que nuestro querido alcalde me invitó yo dije: “voy a llegar” (…) siempre digo que uno tiene que ver y hablar pensando en Dios siempre. Hay gente que dice que el dinero es todo. El dinero no es todo en la vida, eso es falso, absolutamente falso, lo más importante es la familia, los amigos, el juego de los sábados, que haya juegos de fútbol, que haya música para la población, eso es lo bonito (…) Un trabajo honesto no da una gran cantidad de dinero, pero da paz (…) ¡no importa que no tengamos lujos ni nada de eso! Eso no es necesario. He visto gente con mucho dinero y muy desgraciados (…) Ustedes van a ser los más beneficiados. Y van a ver qué lindo es irse a acostar y decir. “ay, qué rico, mañana voy a trabajar en la granja, voy a ver los pollitos, van creciendo, el día de mañana van a tener huevos” (…)”. Frente a ella los pandilleros escuchaban con su gesto más protocolario.

En las actas que hacen constar los acuerdos entre la alcaldía y los pandilleros hubo un cambio de palabras: ya no se trataría de pandilleros, sino de “jóvenes en riesgo”. En algunas actas, para no confundirse, el secretario escribió: “jóvenes en riesgo (Mara Salvatrucha)”. La alcaldía se comprometió a entregarles carnés que hagan constar que esos jóvenes en riesgo están dentro del proceso iniciado por la comuna.

Llega el turno de Marvin, que pasa al centro de las dos hileras de sillas y sostiene el micrófono con las dos manos nerviosas. “Somos los jóvenes que estamos en riesgo en el municipio de Ilopango. Estamos ansiosos de trabajar, si nos ponen una pala lo hacemos, si nos ponen un martillo lo hacemos, ahora estamos viendo los frutos del esfuerzo. Este trabajo ha sido pesado, le pusimos un gran amor hasta que vimos los frutos. No descansamos ni un día, pasamos horas, pasamos días, meses, y nuestros muchachos cansados, pero seguían… y…”. Y Marvin se rompió, la voz no le aguantó el peso de la emoción y lloró avergonzado de llorar. El alcalde se puso de pie para darle un profundo abrazo y una botella de agua. Todos aplaudieron. Marvin intentó recuperar su discurso y su rostro de mármol, pero sólo alcanzó a decir algo sobre todo lo que habían perdido, sobre todos los que se habían perdido producto de sus propias decisiones y la voz le volvió a faltar. Solo pudo recuperarla para dar las gracias y devolver el micrófono. Marvin volvió a su silla mirando al piso.

El alcalde de Ilopango, Salvador Ruano, pasa una botella de agua a Marvin, vocero de su pandilla, cuando a este se le quiebra la voz y se le humedecen los ojos por la emoción del momento. Foto Mauro Arias

 
El alcalde de Ilopango, Salvador Ruano, pasa una botella de agua a Marvin, vocero de su pandilla, cuando a este se le quiebra la voz y se le humedecen los ojos por la emoción del momento. Foto Mauro Arias 

Llegó el momento final, el plato fuerte del acto: el turno del alcalde Salvador Ruano. Tomó el micrófono con timidez histriónica, viendo al suelo siempre y comenzó a hablar en un tono apenas audible para agradecer a los presentes. Se paseaba mirando siempre al suelo, como si estuviera muy triste, pero más bien en su cabeza buscaba las palabras precisas para no vomitar el enojo que andaba dentro y la manera de medir el tono de un reclamo que ya se había guardado mucho tiempo. Cuando levantó la vista del suelo su voz ya sonaba a grito: “Voy a hacer un llamado a ya no andar con medias tintas al gobierno central, que ¡en lugar de estar gastando grandes cantidades en publicidad vengan y nos den un par de miles de dólares! y hacer un llamado a mi candidato a la presidencia Norman Quijano: ¡ya no ande con politiquería, necesitamos la ayuda, ya no podemos andar con esta cuestión de vernos bien y de oírnos bien, pero no dar resultados positivos!”. Luego dijo que se sentía solo y también se echó a llorar. “Mejor ya no digo más”, cerró de súbito, mientras los demás aplaudían y devolvió el micrófono a la maestra de ceremonias.

Enseguida Mercedes Gloria Salguero Gross rescató el ánimo del evento con una sorpresa: dos pelotas de fútbol para la Mara Salvatrucha. “Para que jueguen”. Y se las lanzó a los palabreros de la pandilla de un rodillazo a cada balón. Luego sacó de su cartera una inmensa bolsa repleta de dulces y los repartió a los presentes con una gran sonrisa, con sus lentes oscuros, con su peinado Bouffant.

“Claro que continúo con esa idea de la Pena de Muerte. Uno tiene que ser coherente. Si alguien violara a tu abuela y luego la matara y luego le robara ¿tú quisieras que esa persona siguiera viviendo?; ¿tú creés que esa persona merece vivir?”. Luego se retiró las gafas de sol y se volvió para llenar de dulces las manos de los pandilleros de la Mara Salvatrucha que la escuchaban divertidos.

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Pandilleros del Barrio 18 en la entrada de una pandería en la novena etapa de San Bartolo, Ilopango, montada con ayuda de la Alcaldía Municipal.
 
Pandilleros del Barrio 18 en la entrada de una pandería en la novena etapa de San Bartolo, Ilopango, montada con ayuda de la Alcaldía Municipal.

Detengo mi motocicleta en el andén de una gasolinera porque estoy perdido. Busco una pequeña casita en el laberinto de colonias idénticas y apretujadas que le han crecido a Ilopango durante dos décadas. En la acera está parado un hombre mayor con un carretón de panes, de esos panes aflautados que llevan dentro algo parecido a la mortadela. Me le acerco para averiguar qué tan lejos estoy de la novena etapa de San Bartolo. Me mira un rato sonriente, o temeroso y me pregunta para confirmar lo que ha oído: “¿Ahí quiere ir?”. Asiento con el casco puesto y me explica cómo llegar. Cuando vuelvo a encender la moto, se aleja de su carretón unos pasos, viendo hacia los lados y se me acerca susurrando, todo lo bajo que puede: “Tenga cuidado”. En aquella casita me esperan los homies del Barrio 18 a los que he acordado visitar hoy.

La entrada de una moto desconocida por este estrecho pasaje alerta a los muchachos, que se van poniendo de pie uno por uno y se hacen gestos de desconcierto. Antes de llegar a la casa que busco ya estoy rodeado de una decena de chicos con el gesto hosco y a mi no deja de aparecerme en la cabeza la cara de aquel sabio vendedor de panes. Les explico que he hablado con Edwin y lo mucho que me gustaría conocer –si no es mucha molestia- su panadería. Respiro cuando veo venir a Perro Loco, Edwin, trotando desde el fondo de un pasaje. Cuando me da la mano y me saluda con cordialidad, el resto de la clica me echa una última mirada y se dispersa.

Edwin es el homólogo de Marvin para la pandilla 18. A diferencia del vocero de la MS-13, este es un tipo rollizo, con el doble de cuerpo que la mayoría de los pandilleros que me dieron la bienvenida. Edwin tiene una enorme sonrisa infantil capaz de hacerte sentir cómodo y quizá por eso su taca –Perro Loco- ha sido suavizada en la costumbre de sus compañeros al más ajustado “Can”. Desde una casa sale el olor amistoso del pan recién hecho. Dentro es un cuarto estrecho y vaporoso en el que conviven un pequeño horno de pan, un estante para las bandejas de la masa cruda que hace turno y un rodillo para amasar. Los homeboys llevan delantales y mascarillas y se apretujan dentro de este cuartito, horneando, o amasando o embolsando o solo echando vistazos envidiosos a los que sí hacen algo.

Esta panadería de la clica Tiny Locos fue el primer proyecto de acercamiento entre la alcaldía y los pandilleros del municipio. De hecho, según el alcalde Salvador Ruano, fue en uno de los pasajes de esta colonia donde le sorprendió un dieciochero, con la cara completamente tatuada, mientras hacía campaña pidiendo el voto de los ciudadanos puerta por puerta: “¿Ajá, Ruano, y si ganás será que podemos hablar?” y Salvador Ruano le dijo que sí. Esta panadería es la prueba de que hablaron. El trato fue este: ¿Si la alcaldía les monta una panadería ustedes dejan de delinquir? Y el Barrio 18 estuvo de acuerdo, o eso dicen todos por aquí. Así que ahora pueden emplear a ocho panaderos y a 16 repartidores de pan. Con el tiempo se acercaron más clicas de la 18 y con los meses comenzaron los acercamientos con la Mara Salvatrucha.

Una niña muy pequeña viene aguantando el llanto, hasta que mira a su padre y corre a hundirle la cara en la panza para llorar cómoda y resguardada. Edwin me explica cómo las cosas han cambiado, mientras le acaricia el cabello a su hija que se ha raspado las rodillas jugando en el pasaje: insiste en que se han suspendido todo tipo de extorsiones para los vecinos con mini negocios y para entrar a la pandilla ahora ya no se obliga a matar, como hasta hace poco, como en sus tiempos de aspirante. Ahora, dice, eso es solo si al nuevo “le renace del corazón” hacerlo. Sin embargo, debido a las nuevas disposiciones, si uno de los pandilleros bajo su responsabilidad mata sin justificación, pues le tocaría a él romperle las manos con un bate.

La tarde va cayendo y todo el frenesí industrial de este municipio va calmándose poco a poco. El sol se adormita y se pone tierno y en las colonias los pasajes se van llenando de vida. La panadería trabaja a todo vapor, los vecinos no dejan de llegar a buscar pan francés, que es cortado y embolsado por manos tatuadas, y los repartidores vuelven sudorosos, con los canastos vacíos.

Hace algunos días hubo acá una jornada de pintura: los pandilleros blanquearon para las cámaras de los medios varios graffitis con sus números. Ese fue un gesto doloroso para varios hommies que llevan el 18 en la piel y que habían aprendido a defender su bandera con la sangre. También fue un gesto sorpresivo para los vecinos que habían aprendido que mear sobre una pared que estuviera plaqueada les hacía acreedores de una paliza; y borrar los números quizá de algo más grave. Con los días la cal se ha ido esfumando y sobre las paredes han vuelto a aparecer los distintivos que dejan claro quién manda aquí.

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El 22 de enero un grupo de niños gordos chapoteaba dentro de un par de piscinas en el centro de Ilopango. Se revolcaban en el fondo y hundían las caras para tener la ilusión de que buceaban. El sol amenazaba con derretir el plástico de aquellas piscinas inflables y dejarles las panzas a los niños sobre el pavimento hirviente del parque central. Encima de una tarima bailaban unas cachiporristas con falditas brillantes y escasas, piropeadas por la multitud y en las aceras del parque probaban suerte varios vendedores de comida y golosinas. Había ambiente de fiesta.

Ese es territorio de la Mara Salvatrucha: La alcaldía, el parque central, la escuela y los alrededores se consideran parte de los dominios logrados a fuerza de fuerza por la Mara. Por eso ellos se habían quedado con el parque, a la vista de todos, al lado de las piscinas inflables y habían reservado para sus huéspedes del Barrio 18 una esquina a un lado de la tarima. Ahí arrinconados, se apuñaban fuera de base, huraños, los dieciocheros, sintiéndose merodeados. Cuando los medios de comunicación se dieron cuenta de que en aquel rincón había pandilleros para entrevistar corrieron en horda apuntando con micrófonos y con cámaras al que se dejara y eso hizo sentir a los dieciocheros aún más vulnerables, más acorralados en el territorio de sus enemigos.

Más tarde hubo autoridades sobre la tarima y los discursos monopolizaron la atención de los reporteros, que dejaron en paz a los hommies, que poco a poco fueron sacando las cabezas de sus camisas, como tortugas y respiraron aliviados. Los políticos se saludaron y se felicitaron, hubo un diputado, hubo un ministro con su viceministro, jefes de policía, pastores, curas, oraciones y se liberaron palomas blancas y Marvin ofreció su discurso en representación de la Mara: “nos comprometemos ante Ilopango a regresarle la paz a este municipio”, y luego Edwin en representación del Barrio 18: “Ya no va a haber más derramamiento de sangre”. Y hubo aplausos.

Mientras los asistentes firmaban un acta para dejar registro de que a partir de aquel día Ilopango era un territorio “Libre de violencia”, los pandilleros de la MS-13 se agolparon en la esquina del parque y mostraron en grupo la seña que los distingue, la garra de la Mara Salvatrucha, y corearon el nombre de su pandilla y dejaron a los firmantes sin cámaras para filmarlos.

Cuando el acto terminó, el alcalde Salvador Ruano repartía pan dulce a quien asomara la mano. Era el pan de la panadería dieciochera que se esfumaba de la cesta en un santiamén, le faltaban brazos al alcalde que sudaba y daba pan, con la cara roja, con la lengua de fuera, feliz como un niño famoso.

Cuando se acabó la fiesta el alcalde resoplaba diciendo: “bueno, yo hice esto para ver si el gobierno nos ayuda con recursos, esperemos que así sea”. Entre enero y febrero de este año ocurrirían 6 homicidios en este municipio, a comparación de los 22 ocurridos durante el mismo período del año pasado. Al menos durante el mes siguiente Ruano no recibirá ni un centavo, ni verá al ministro de seguridad pública en persona, ni le contestaría ninguna de las tres llamadas que Salvador Ruano le haría a su celular.

A los gorditos que reptaban en sus charcas de plástico se les dijo que el cuento se había acabado, que había que desinflar las piscinas en las que tenían la ilusión de bucear y por las cunetas corrieron riadas de agua sucia.

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El 12 de febrero por la tarde el Godo salió a vender aguacates a pie, acompañado de su amigo. Era su segundo recorrido ese día. Por la mañana trabajaba como repartidor de pan para la panadería de la novena etapa de San Bartolo. Era pandillero activo del Barrio 18. Por la tarde vendía aguacates en un canasto. Su nombre real era Kevin Antonio Lemus Paz. Hacía unos días había cumplido 18 años. Cinco tipos le salieron al paso y no le dieron tiempo de nada. Le dejaron 14 agujeros en el cuerpo. Los expertos no se pusieron de acuerdo si fueron 8 u 11 balazos. A unos metros del cadáver quedaron desparramados sus aguacates. El chico que lo acompañaba aseguró que Godo ni siquiera pudo correr. La policía capturó a dos sujetos en flagrancia. Al menos uno tenía tatuada en el cuerpo la M y la S.

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Complejo Educativo Las Cañas, Ilopango. Foto Mauro Arias
 
Complejo Educativo Las Cañas, Ilopango. Foto Mauro Arias

La colonia Las Cañas es un barrio bravo. Siempre lo ha sido. Desde la carretera se puede ver el universo de casitas apiñadas, empujándose una a la otra, peleándose en un valle y luego trepando una colina para seguir el pleito arriba. De hecho el drama de este lugar se divide así: entre abajo y arriba.

En los noventa este lugar ya era arisco. Los Thrillers y los Ceibas hacían de las suyas, marcaban territorios y cometían fechorías, con las que los vecinos aprendieron a convivir. Les consideraban más bien una panda de vagos. Hasta que poco a poco fue siendo más notable la expansión de algo nuevo, más fuerte, algo que asustaba más. La Mara Salvatrucha y el Barrio 18 barrieron, en su virulento crecimiento, a cualquier otra pandilla noventera: cuando no pudieron incorporar, mataron. Y la vida en la colonia Las Cañas quedó dividida así: arriba controla y manda la MS-13 y abajo se respeta la palabra de la 18.

El problema es que los urbanizadores no contaban con este muro invisible, quizá indestructible, a la hora de hacer las cosas: abajo hay más gente, más familias con más jóvenes y más niños. Pero la escuela pública y la Iglesia Católica quedaron arriba. Y el problema de esta guerra es que no hay uniformes, así que quieran o no todos son posibles soldados: si sos de abajo sos mi enemigo o si venís de arriba te mato. Punto.

El Buen Maestro notó que las cosas estaban cambiando en 2010, cuando impartía bachillerato nocturno. No es que ignorara la guerra, ¿quién puede ignorar si es de noche o de día?, es solo que cada vez había más pupitres vacíos. También estaba acostumbrado a la deserción escolar: las ocupaciones de sus muchachos suelen ser demandantes: algunos eran panaderos, otros repartidores de pan, alguno trabajaba triturando maíz en un molino, otros eran pepenadores de basura, otros hacían cualquier cosa que les dejara algún dólar en la bolsa. Cualquier cosa. Sus estudiantes iban y venían. Hasta que ese año no vinieron más.

El año anterior El Buen Maestro había impartido bachillerato nocturno en tres secciones de 30 y tantos alumnos cada una. Pero aquel año los estudiantes se redujeron a la mitad. Y el año siguiente de nuevo a la mitad. Tuvieron que cerrar dos secciones y quedarse sólo con una. En dos años la escuela completa había perdido a más de 500 estudiantes, desde niños de preparatoria hasta adultos mayores de la escuela nocturna. Así que El Buen Maestro y otros profesores se organizaron para irlos a buscar.

Salieron de la escuela, atravesaron la avenida principal, que es la frontera de los territorios y bajaron al valle con encuestas que ellos mismos diseñaron. Se fueron a parar a los parques, a las pupuserías, a las calles y ahí preguntaron: ¿por qué no suben a la escuela a estudiar? Y la gente contestó: por miedo a la muerte. Alguien dijo que había sido amenazado por la Mara hace tres años y que jamás olvidó la amenaza, así que ahora que era papá temía subir a dejar a sus hijos a la escuela y estos se quedaron sin estudiar. Algunas familias que algún día subieron a comprar, o a visitar, o a la Iglesia, fueron señalados por el Barrio 18 como espías y se largaron de Las Cañas con la familia entera, y sacaron a sus tres hijos de la escuela, y a los dos chiquillos de la hermana, que temió que la sospecha le alcanzara también. El Buen Maestro pensó que con el anuncio de la tregua entre las dos pandillas la gente comenzaría a subir a cuenta gotas. No pasó. El miedo, como el hambre, no se quita por decreto.

Así que los profesores decidieron bajar a enseñar al valle. Al ver la posibilidad, 90 personas se inscribieron de un golpe y el grupo siguió creciendo. Pidieron dinero al ministerio de educación para alquilar una casita y el ministerio les dijo que no, que ahí en Las Cañas había ya una buena escuela, pintada con los colores de la bandera y con espacio para todos. Entonces los profesores reunieron dinero y alquilaron una casa con sus propios salarios. Carísima la casita. 35 dólares mensuales vale. Fea, pequeñita, con espacios crueles. A medida que el grupo fue creciendo, habilitaron el local de un partido político y otro de protección civil como salones de clase.

Como tampoco hay presupuesto para contratar a más profesores, pues tienen que apechugar con lo que hay y el que daba inglés, ahora también da ciencias, y el que enseñaba matemáticas ahora también se las ve con estudios sociales. En la noche, luego de dar el turno vespertino en la escuela, los profesores se dividen. El Buen Maestro atraviesa la avenida principal y baja a la casita fea y buena que él mismo paga para poder enseñar.

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Hoy hay reunión de padres de familia en la escuela de la Colonia Las Cañas, van a tratar el punto importante de la seguridad para los estudiantes. La directora convocó esta reunión extraordinaria a la que han llegado más de 300 padres y abuelos de los muchachos que se forman aquí. También ha venido el gerente general de la alcaldía y el jefe de policía del municipio. Pero en realidad la concurrencia ha venido a escuchar las promesas de la Mara Salvatrucha y el Barrio 18.

Cuando el año pasado la alcaldía formalizó las conversaciones con las pandillas, fueron las clicas de Las Cañas de las primeras en acudir. Las reuniones se llevaron –se llevan- a cabo en la misma sala donde se reúne el consejo municipal. La primera que quedó consignada en acta fue el 20 de diciembre de 2012 con la clica del Barrio 18, escrita por el puño y letra del jefe de policía, que hace de secretario de la comisión de pacificación: “Que se respete las divisiones de espacios de cada pandilla, que cada uno se mantenga y se respete el territorio desde el pasaje N hasta la parte baja; que se respete el derecho de servidumbre (de paso) en la entrada y salida a la colonia para ambas pandillas; que se permita a las personas visitar la iglesia católica y la escuela y que esas personas se limiten a su religión y al estudio”.

Al día siguiente fue el turno de la Mara Salvatrucha, que aunque estuvo de acuerdo en los puntos medulares objetó algunos matices: “Que están de acuerdo en respetar la línea divisoria; pero que reconocen como límite la avenida principal y no el pasaje N; que en el territorio de la MS no requieren vigilante y que ellos se responsabilizan de no robar, ni extorsionar a pequeños comerciantes; que están de acuerdo en el punto del derecho de servidumbre de entrada y salida, pero que lo hagan (los de la 18) en el transporte público y no a pie; que están de acuerdo en que los residentes visiten la Iglesia Católica y la escuela; siempre y cuando no tengan vínculo con los 18 o sean de ellos”.

Ambos se comprometieron a acatar una tregua total de no agresión y la 18 se comprometió además a llevar a cabo jornadas de ornato y limpieza en su territorio. Firmó el alcalde Salvador Ruano, firmó el gerente de la alcaldía y firmó el jefe de policía. Los pandilleros escribieron su nombre y estamparon su firma y en el espacio que el documento reserva para el cargo oficial que ocupa el firmante escribieron, MS o 18.

El gerente y el jefe de policía cumplieron con el trámite de decir unas palabras, sabedores ellos que la gente no estaba ahí para escucharlos e hicieron pasar sin mayores demoras a las dos delegaciones de pandilleros que subieron a la tarima juntos y una vez arriba se agruparon a unos metros de distancia.

Tomó la palabra un tipo sonriente, de gorra grande y elegantes anteojos negros: “De parte del sector del número, del Barrio 18, queremos pedirles perdón por los homicidios, por los familiares que han perdido, por los niños que han tenido problemas (…) Les pedimos perdón de corazón. El proyecto de la tregua de un sector contra el otro sector lo estamos respetando y se está llegando a la idea de que concluya para el bienestar del pueblo y el municipio de Ilopango. Aquí estamos dándoles la cara”, y se despidió anunciando a su enemigo: “Les voy a pasar al otro cipote”.

Pandillero da su discurso ante padres de familia de alumnos del Complejo Educativo Las Cañas, Ilopango, anunciándoles que sus hijos podrán asistir a la escuela sin el riesgo de ser asesinados. Foto Mauro Arias

 
Pandillero da su discurso ante padres de familia de alumnos del Complejo Educativo Las Cañas, Ilopango, anunciándoles que sus hijos podrán asistir a la escuela sin el riesgo de ser asesinados. Foto Mauro Arias 

 

Marvin dio unos pasos adelante. Llevaba una mochila en la espalda que le hacía parecer un estudiante de secundaria. Fue más abundante en promesas, quizá sintiendo la responsabilidad que conlleva el hecho de que esta escuela, puesta en la parte alta de una loma, es territorio suyo: “Para todos muy buenas tardes, soy Marvin represento a la MS. Lo que hoy se ve es histórico en Ilopango, creo que ni en películas se ven estas cosas (…) Hemos retirado las ventas de droga dentro y en los alrededores de la escuela. Hemos retirado el reclutamiento de niños en cualquier esquina o escuela. (…) ya no queremos robarles el sueño con aquellas balaceras que ustedes conocen”. Y agregó, con el aplomo del que sabe que su palabra es ley: “si alguna vez alguien se está haciendo pasar por nosotros, o incluso si es alguien de nosotros mismos no tenga temor alguno de denunciarlo. Preséntenos problemáticas. Si en la escuela o en la colonia alguien le está exigiendo dinero a usted o a su hijo o mandándole papeles o lo está acosando, amenazándolo, busque la manera de acercarse a uno de nosotros y nosotros vamos a solucionar: Si somos nosotros lo vamos a investigar y si no somos nosotros también”.

Fue el líder de la célula de la Mara en Las Cañas -un chico delgado de enormes ojos listos, llamado Alfredo- el que anunció el fin de la maldición: “a partir de ahora todos los alumnos van a poder venir a estudiar en paz, a recibir su curso en paz”. Alfredo es estudiante de la escuela y para los maestros fue una sorpresa descubrir que ese alumno aplicado y de ejemplar conducta era el palabrero de la MS-13

La concurrencia les regaló a los pandilleros una ovación cerrada y larga. Varias mujeres mayores tomaron el micrófono y les agradecieron con lágrimas en los ojos, una mujer con el pelo gris y un largo vestido con flores les dijo que los amaba; otra que los admiraba por lo que estaban haciendo, un hombre de edad madura les pidió disculpas a nombre de su generación, por haber sido malos padres y finalmente una mujer joven tomó el micrófono y cantó a alaridos y con los ojos cerrados una alabanza religiosa.

Cuando bajaban de la tarima, un grupo de profesores les solicitó una audiencia a puertas cerradas y ambas delegaciones aceptaron gustosos. Se reunieron en el centro de cómputo y cuando estuvieron a solas tomó la palabra El Buen Maestro, con su tono didáctico y pausado, absolutamente neutro de emociones:

-Miren muchachos, a nosotros lo que hemos oído nos gusta, pero del dicho al hecho hay un gran trecho. Nos estamos quedando sin alumnos, porque abajo hay 10 veces más alumnos que aquí arriba.
- Mire profesor –atajó el representante del Barrio 18- queremos que los niños puedan subir a estudiar, ya no queremos más violencia.
-Yo les he dicho a los hommies –complementó Alfredo, de la MS- que ya no los quiero ver en los alrededores de la escuela. Esto es real –continuó-, esto no es política.

En la jerga pandilleril, “política” es sinónimo de intrigas, de conspiración, de dobles intenciones, de mentira.

Los jefes de las dos clicas guerreras le dieron sus teléfonos al Buen Maestro y el representante del Barrio 18 en las cañas se comprometió a ir en persona a decirle a los estudiantes de abajo que la maldición estaba rota, que la amenaza se esfumó, que podían subir a estudiar o a misa sin temor de ser vistos como traidores. El Buen Maestro apuntó los números en un cuaderno, y en su rostro serio y descreído apareció una pequeña lucecilla, tímida, pero visible, aunque demasiado tibia, demasiado oculta para llamarla esperanza.

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Se suponía que el palabrero del Barrio 18 llegaría ayer lunes a la casita para decirles de su viva voz a los estudiantes de abajo que podían subir a la escuela, en lugar de estudiar apiñados aquí, pero no llegó. Así que esperamos que venga hoy, en cualquier momento.

El Buen Maestro luce cansado y avanza despacio, llevando un ataché negro en la mano, con sus ropas formales y grises. Camina balanceando el cuerpo lado a lado por el pasaje que conduce a la casita, arriando a los muchachos que lo esperan afuera. En la primera planta un profesor enseña segundo grado a unos niños y a varios señores mayores que quieren reponer el tiempo perdido. En el único cuarto con puerta, otro maestro les hará hoy un examen de matemáticas a una treintenta de chicos de tercer ciclo. El Buen Maestro sube cansado unas mortales escaleras de caracol que lo llevan a la planta alta, que es un único salón en el que se acomodan más de cuarenta jóvenes de segundo de bachillerato. Hoy aprenderán a despiezar un cerdo.

Con el tiempo pudieron conseguir pupitres, que comparten entre dos, y una pizzara y en las paredes han colgado rutulitos de colores con “pensamientos sabios”: el que no nace para servir, no sirve para vivir. Hay seis pensamientos sabios.

Un carnicero despieza un cerdo para venderlo por partes y obtiene 42 kilos de carne, 20 de hueso… y si tomamos en cuenta que un kilo es igual a 2.2 libras… y cada cosa tiene su precio… y el Buen Maestro se pone de rodillas al lado de un pupitre para explicarle al chico este confundido la regla de tres; luego al otro que no entiende si las libras de hueso son iguales a las de carne… Intenta hacer una broma, les llama por su nombre, felicita a los que terminan, les resuelve el ejercicio…

El representante del Barrio 18 no llegó hoy, ni llegará mañana miércoles, ni el jueves, ni el viernes… ninguno de estos chicos subirá esta semana a la escuela.

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Después de la muerte de Godo, el vendedor de aguacates, los teléfonos del Barrio 18 echaron fuego, hubo quien habló de traición y para Edwin –Perro Loco- fue un problema contener la ira del hermano menor del difunto, que también se cuenta entre los homboys de la pandilla. Pero esa muerte se guardó con llave en los secretos de esta guerra. Los pandilleros solo alcanzan a explicar que esa no era clecha de la MS-13, que no fue una orden oficial y que los responsables le tendrán que responder a algunos cuyos nombres no se mencionan.

Cuando la Mara promovió una reunión con la 18 para tratar el punto, Edwin le respondió que se reuniría pero no en la alcaldía, porque ese era territorio enemigo y le lanzó a Marvin una propuesta maliciosa: ¿por qué no se miraban mejor en la cancha que está cerca de su territorio? Cualquier palabra mal dicha, el primer centímetro de una navaja descubierto, una amenaza mal disimulada pudiera haber calentado de más el asunto. Por eso tuvo que intervenir el gerente de la alcaldía, para servir de árbitro, para moderar un poco los ánimos. Una semana después del homicidio de Godo ocurrió la primera reunión conjunta en la sala de sesiones del consejo municipal. La Mara pidió “ser serios y saber que habrá problemas”, pero que aún así hay que seguir con el proceso. También ofreció que cuando un dieciochero entre en su territorio lo van a capturar, pero lo van a entregar con vida a sus enemigos y que esperan que así se comporten también los contrarios. A partir de aquella ocasión acordaron que todas las reuniones serían conjuntas y así ha sido desde entonces.

En esas reuniones los líderes de clicas de las dos pandillas suelen apartarse para abordar temas secretos; se juntan en grupos susurrantes de los que apenas se escapan algunas palabras: “Lo que no queremos es que vayan a aparecer ya armas y ahí ya se complica la cosa”; “la onda es que siempre hablémoslo pues”; “No, pero ¿los vatos iban en bicicleta o a pie?”; “No, no lo golpeamos, solo le levantamos la camisa… para revisarlo nada más”; “vaya, ahí ustedes sí se merecen una disculpa”…

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El 11 de febrero apareció el cadáver destrozado de un hombre desconocido. Al parecer había sido capturado en otra zona y obligado a caminar amarrado hacia uno de los lugares más miserables e indómitos de Ilopango, la Colonia San Mauricio. Todas las pistas indican que el tipo fue golpeado con brutalidad y que luego intentaron ahorcarlo en una estructura que no soportó el peso. Por eso los asesinos levantaron un tramo de los tubos de cemento que conducen aguas negras y con él le aplastaron la cabeza. La policía busca por esta muerte a dos miembros de la MS a los que solo conoce como Fredy y Alex.

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Esperamos frente a una escuela al hommie de la pandilla 18 que nos indicará cómo llegar al territorio de la clica Hollywood Gangsters. “Tímido”, el líder de aquella célula, ha prometido “mandarme” a alguien para que no me extravíe en estos laberintos que saben ser engañosos. Aparece el guía, que es un niño, aunque insiste en que hace unos meses cumplió la mayoría de edad. Se sube en el vehículo y nos advierte que tendremos que hacer unas maniobras complicadas.

Resulta que para ir a su territorio en carro hay que pasar por un punto de buses, que es controlado por la Mara Salvatrucha y el guía me pide correr. Sin embargo, justo esa parte de la calle está llena de túmulos, que amenazan con desarmarme el vehículo. El chico vio a alguien por la ventana y se tiró cuán largo era en el asiento de atrás, tapándose la cara con la gorra. “¡Píquele, ese que está ahí es… y si me miran…. ¡píquele!”. Ni el fotoperiodista ni yo conseguimos saber nunca en el rostro de qué hombre aquel chico había visto la muerte.

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Hace una semana, a la entrada de esta colonia había un enorme letrero, puesto sobre la pared más visible de todas, en el que la pandilla había escrito, con letras góticas y oscuras: “Si de la vida quieres gozar: ver, oír y callar”. Ahora ahí hay una gran mancha blanca, producto de la última jornada de pintura de graffitis. En esta colonia los hommies se jactan de haberlo hecho con pintura de verdad y no con la indecisa mezcla de cal, que se corre con la primera tormenta.

Los únicos placazos que quedaron son los que estaban recién hechos, en el fondo de la colonia, donde los escasos medios que llegaron a atestiguar la jornada de pintura no metieron sus cámaras.

Posiblemente para que pudiéramos verlo, o quizá porque les importa un pepino si lo vemos, los pandilleros que controlan este lugar se pasan una pistola de mano en mano y fuman marihuana sin parar. Alguno inhala una buena bocanada y luego pasa el humo con gran presión directo a la boca de otro pandillero. A eso le llaman “hacer un súper”. Compran una cerveza de litro en la tienda y la beben compartiendo sorbos. Escuchan música en el teléfono y se dejan tentar por las insinuaciones de una chica entrada en carnes que se contonea frente a ellos. Llaman para tener monitoreada la presencia de la policía, activan sus alarmas cuando entra un carro que a lo lejos parece desconocido, reciben a otros homeboys que vienen a este pasaje buscando algo de hierba, se gastan bromas, hablan de la historia de sus tatuajes, escupen, escupen mucho, se adormecen por el efecto pesado y relajante de aquel humo. Están.

A unos metros de ellos hay una cancha de baloncesto fulminada por el sol y en el centro de la cancha hay un niño solitario, que deberá tener cuatro o cinco años. Se llama César y aún le cuesta pronunciar algunas palabras. Intenta reproducir en su cuaderno un ángel caído, que ha pintado en el muro el grafitero de la clica. Pero lo que más le gusta dibujar a César es al Hombre Araña. Alguien le ha regalado un cartón lleno de pegatinas del Hombre Araña y él las atesora en su cuaderno. Pega una en el extremo de una página en blanco y luego intenta dibujarlo a lápiz. Está muy orgulloso el César de lo bien que le queda la máscara de Spiderman.

- ¿Y no vas a la escuela, César?
-Iba, pero mi mamá ya no me puede llevar.
-¿Y por qué?
-Porque le quitaron el puesto en el mercado y dice que ya no tiene pisto para llevarme.
-¿y qué vendía tu mamá?
-Mmmm… tomates ¡y galletas!, pero fíjese que ahora le dieron cinco dólares.

Cuando César levante la cabeza verá que a unos metros de él, hay un grupo de muchachos pasándola bien. Son los homeboys de alguna de las dos pandillas que controlan cada palmo del territorio de Ilopango y a unos metros de ellos hay un niño que es la respuesta a si la historia termina aquí.

César dibuja bajo el sol en la cancha de la urbanización La Trinidad, Ilopango. Foto Mauro Arias
 
César dibuja bajo el sol en la cancha de la urbanización La Trinidad, Ilopango. Foto Mauro Arias