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Cita a ciegas con los espectadores de la muerte

En El Salvador hemos convertido la escena del crimen en un evento social. A la cinta amarilla se acercan hombres, mujeres, niños... la comunidad. Mientras compran y comen pupusas ante un cadáver, los vecinos hacen catarsis de sus dramas de violencia o recuerdan con nostalgia a los asesinados. ¿Por qué siempre hay gente al otro lado de la cinta amarilla? Y, sobre todo, ¿qué le queda en la cabeza a una sociedad que se acerca tanto y tantas veces a la cinta amarilla?

 
 

Edu Ponces / RUIDO Photo
 
Edu Ponces / RUIDO Photo

Llueve sobre el techo de plástico y los que estamos abajo (hombres, mujeres y niños) nos refugiamos, apretujados, alrededor de una caliente y aceitosa plancha de metal. Han pasado más de tres horas, y hoy que estoy a punto de largarme, sé que los 30 que seguimos en pie nos iremos a casa convencidos de dos verdades irrefutables, de la misma manera que se convencieron todos aquellos que también estuvieron esta noche, en esta pupusería, junto a nosotros. La primera es que la Señora Pupusera prepara un manjar. No hay ninguna verdad científica, pero se dice que las mejores pupusas del país alcanzan esa distinción –completamente subjetiva- gracias a la mano de quienes las preparan. La Señora Pupusera tiene manos delicadas, y mientras toma la masa, mezcla los ingredientes, palmea y lanza esos discos rellenos hacia la plancha, al otro lado de la calle está ocurriendo la segunda verdad irrefutable. Una que sin lugar a dudas explica que somos uno de los pedazos de tierra más violentos del mundo. Al otro lado de la calle, cuestión de 15 metros, hay un muerto. Estos son los peores tiempos. Estos son tiempos violentos. Estamos tan acostumbrados a la violencia que la muerte se disfraza de espectáculo. En el cine las películas van mejor con palomitas. En una comunidad de El Salvador la muerte se digiere mejor con algunas pupusas revoloteándonos en la barriga.

* * *

No es casual que esta tarde haya llamado a El Postero. Le he llamado varios días de madrugada, bien de mañana, a media mañana, al mediodía, en la tarde, al caer el sol... “Déjeme ver… Hoy hay un doble…”. Así dijo esta tarde El Postero, al otro lado del teléfono. “¡Sí! ¡Ha caído un doble!”

El Postero se sienta todos los días detrás de un escritorio y un teléfono para esperar las convocatorias que hace la muerte en este país de 12 asesinatos diarios. En junio hemos regresado a los 12 muertos diarios. Hoy que el planeta está en clave #MundialBrasil2014, lo que ocurre aquí se explica mejor si imaginamos esto: a medio partido caen acribillados los 11 jugadores de la selección de Argentina, Messi incluido. Una bala se lleva también al árbitro. La FIFA se indignaría, en el estadio ya no habría olas. El mundo entero se consternaría. ESPN no hablaría de otra cosa, el Mundial se suspendería... o quizá se reforzarían las medidas de seguridad para que continúe el espectáculo. Eso ocurriría si las cosas pasaran en clave mundialista. Pero este país es tan pequeño, sobrepoblado, mal cuidado, desprotegido, tan extraño, que 12 muertos diarios se nos han vuelto algo tan cotidiano, tan normal, que a falta de mundiales y de Selecta, en las escenas de homicidios están nuestros equipos, nuestro espectáculo.

En las calles, después de que los victimarios han desaparecido -“con rumbo desconocido”, como dice la Policía, como repiten los periodistas- alrededor del muerto se arma un espectáculo. Uno que dura lo que duran los levantamientos forenses, que duran entre tres y cinco horas, entre el descubrimiento del cadáver, la llegada de los policías, los fiscales, la “inspección ocular” de la escena y la llamada que un fiscal -cualquier fiscal- le hace a El Postero de Clínica Forense del Instituto de Medicina Legal de El Salvador. Clínica Forense es la unidad que se encarga de ir a levantar a los 11 jugadores, más el árbitro, que El Salvador está matando a diario.

De día el trabajo de El Postero pasa inadvertido. En Clínica Forense hay vida de hospital. Una docena de forenses pasean sus gabachas por dos pasillos amplios, llegan a sus cubículos y cada quien a lo suyo. Llenan informes, atienden casos, viven de nuestra muerte diaria. A Clínica Forense también llegan policías, que llevan de la mano a víctimas de la violencia para que sean examinadas. Allí van mujeres golpeadas, hombres asaltados con cuchillo, niños y niñas violados. Muchos niños y muchas niñas violados. Los médicos de Clínica Forense atienden a los vivos y a los muertos. Pero de noche todo cambia y el trabajo de El Postero es un desvelo solitario y angustioso. Clínica Forense se vacía y solo lo acompañan un par de médicos de turno. Las horas pasan y la somnolencia se rompe siempre que suena un timbre. Es la muerte que convoca a sus espectáculos. A veces tiene voz de hombre, casi siempre tosca y seria. Pero El Postero cree que la muerte le habla gentil al oído cuando se disfraza de fiscal-mujer. Las convocatorias siempre son iguales. “Tenemos un simple”, habrán dicho alguna vez los fiscales, cuando se refieren al asesinato de una sola persona. “Un doble”, “un triple”, “una masacre”. Luego vendrán las coordenadas, y es ahí, en esa pequeña cápsula informativa, donde esta historia comienza a cobrar sentido.

“Sí, solo eso ha caído: un doble”, dijo El Postero esta tarde. Es curioso, pero él y yo sabíamos que la muerte no iba a defraudarnos. No en este mes mundialista. No en estas noches en las que he tenido un triste afán: esperar a los muertos, como un buitre, para auscultar a los vivos que espían desde el otro lado de la cinta amarilla.

* * *

Esta noche 29 personas están comprando pupusas frente a la escena de un crimen. Quizá porque El Salvador es un país de pupusas y de muertos. Si en algo hemos sido campeones es en esas dos categorías. En la cantidad de muertos que producimos y en la cantidad de pupusas que devoramos. La pupusa, ese disco de masa de maíz relleno con carne de cerdo molida, frijoles o queso, es la comida del pobre y también la de todos. Los ricos también comen. Incluso hay restaurantes en los que se pagan pupusas de dos dólares porque alguien cree que el queso suizo y la yerbabuena saben bien mezclados con maseca. Pero muy lejos de las excentricidades, en las comunidades donde comprar una hamburguesa de cinco dólares equivale a un sueldo diario de papá o de mamá, cuatro pupusas por menos de un dólar es el banquete con el cual se celebra el fin de semana. Las pupusas, en comunidades como esta, con pupuserías en cada esquina, se comen en la mañana, a la hora del almuerzo y a la hora de la cena. Los siete días de la semana, pero como dice la Señora Pupusera, los fines de semana es cuando más. Por eso aquí está lleno, porque hoy es sábado, y porque esta avenida y esta comunidad explican a este país densamente poblado y violento.

A la avenida La Protesta desembocan, desde la izquierda y desde la derecha, un centenar de pasajes largos rellenos de casas pequeñas que a su vez están rellenas con cinco personas por familia, porque de eso están rellenas las familias, en todas partes, según el censo de población. Y en estas casas-pupusa también caben perros y los gritos de la familia rellena que está a un lado, y al otro, porque en los sectores populares, rellenos de familias obreras, la vida se cuece pegadita a la otra. Allá donde se dé vuelta una familia están los dramas de la familia vecina.

Esta noche, frente al negocio de la Señora Pupusera, el drama cayó en la familia de la vecina. Una tienda en la última casa de un pasaje, la casa que desemboca en la avenida. Se llamaba, lo dice una pintada en la pared de la tienda, “Rosita”. La Señora Pupusera me deja claro que no le pregunte nada sobre el crimen. “De eso no sé”, dice. En este barrio hay una pandilla "con garra". Así lo dice el Jefe de Turno. Este sector es de ellos. Hace unas horas, cuando les dije que quería venir a ver la escena del crimen, el Jefe de Turno pegó un grito. “¡Ahí no me entran solos!”, dijo. “Si ni nosotros vamos sin refuerzos”, añadió. “Allá adentro tienen muchas armas largas”, advirtió. Luego pidió autorización al Jefe de la Delegación y el Jefe de la Delegación le pidió apoyo a un carropatrulla de la subdelegación más cercana. Una escolta hasta la escena del crimen. Seis policías armados con fusiles, con gorros pasamontañas, en la cama del pick-up. Otros cuatro en la cabina. Tres horas después la escena sigue al otro lado de la calle, al otro lado de la cinta amarilla, bajo un frondoso almendro, en la casa-tienda “Rosita”. De este lado está la Señora Pupusera, 30 personas, y unos niños en bicicletas, mientras otros policías, detectives con gorros navarone, siguen tomando notas y recogiendo casquillos de bala en la acera.

No alcanzo a escuchar qué les dicen unas jovencitas, allá a lo lejos, pero creo que los niños en bicicleta están jugando a las adivinanzas. Se turnan y uno por uno llega a la cinta amarilla, observan, dan media vuelta y luego bajan por la calle, a toda velocidad, gritando: “¡Unooo! ¡Dooos! ¡Nooo, treees!”

De repente escucho otro grito.

“¡Mamiii!", grita una jovencita. "¡Cuatro de queso, una de frijol con queso y dos revueltas!” La Señora Pupusera asiente, mientras sumerge una mano en un volcán de masa blanca. Un viejo obrero, cuarentón, quita la mirada de la tienda Rosita y regresa los ojos a la plancha. Al otro lado de la calle un investigador alumbra con una lámpara hacia el interior de la casa. Luego llama a alguien a través de un walkie-talkie. Los doctores de Clínica Forense y la ambulancia de Medicina Legal todavía no han llegado.

—Aquí le llamamos La Paciencia –dice el viejo obrero-. Hay que encargarlas a las 5 para que se las den a las 8.

—¿Vale la pena la espera?

—¿¡No, pues!? ¡Son buenas! Hoy he venido a esperarlas aquí porque a mi hija le tocó salir tarde del trabajo. Y como aquí para el microbús, mientras la espero las espero. ¿Me entiende?

—¿Y a quién habrán matado en la tienda? –pregunto.

—A la señora quizá. Ahí vivía una señora.

* * *

En El Salvador se mata mucho y muy cerca de la comunidad. Entre 2001 y 2009, Doctor 4, el doctor que sistematiza los datos que recoge Clínica Forense, ha descubierto que en El Salvador te matan en tu casa propia o en la casa de uno de tus conocidos, en los pasajes de tu barrio o tu colonia, en el parque, en el parqueo, en la cancha de basquetbol y en las canchas de fútbol. Otra clave mundialista: El Salvador, el pulgarcito de América (20 mil kilómetros cuadrados), tiene la mayor densidad poblacional de la región. Cinco personas por familia, 349 habitantes por kilómetro cuadrado… Pero eso no quita que en los sectores más populosos haya al menos una maltrecha cancha de fútbol. Cero grama, pura tierra. Doctor 4, que se dedica a leer los datos de sus colegas, ha descubierto que entre 2001 y 2012, en 603 ocasiones, Clínica Forense ha levantado cadáveres de jóvenes que cayeron “mientras jugaba fútbol… fue baleado en cancha ubicada en la comunidad…”. Así lo ha escrito él en sus compilados estadísticos. A veces Doctor 4 sueña despierto. Él desea que sus estadísticas “le ayuden a las autoridades a crear planes efectivos que ayuden a reducir la violencia”. Un sueño nada más, porque aparte de él, su asistente y sus jefes, serán pocos los que revisen con ojos interesados sus muertómetros.

Doctor 4 también ha descubierto que te matan en el cafetín a la hora del almuerzo, en la cafetería (en medio de la plática y un café) o, también, en una pupusería (60 levantamientos en 11 años). En el restaurante, mientras hacés la compra en un supermercado, mientras vas por una Pilsener al chupadero o por aguardiente a la cantina. En la sala de billar o en pleno baile en la discoteca. Y aunque también te pueden matar en quebradas, ríos, cañales, matorrales, en espacios inhóspitos y desolados, como que la muerte tiene predilección por el espacio público en el que siempre habrá una comunidad a la expectativa. O quizá la muerte no tenga de otra en este país densamente poblado. Aquí sus performances siempre tendrán mucho público.

De las más de 26 mil escenas de homicidios registrados entre 2001 y 2009, Doctor 4 ha descubierto que más de 15 mil han sido procesadas en espacios invariablemente concurridos: el barrio, la colonia, la comunidad… la vía pública. Doctor 4 explica que una carretera, un barranco, un cañal, lugares más inhóspitos, poco transitados, con menos población a la redonda, son distintos a una vía pública. “La vía pública entendámosla como la calle con vida. Hay comercio, edificaciones, gente viviendo o trabajando o transitando”, dice Doctor 4.

Entre 2010 y 2012, de 10,621 escenas de homicidios, las montadas en vías públicas han sido más de la mitad: 5,553. Una duda matemática y existencial: si en El Salvador hay 349 habitantes por kilómetro cuadrado, ¿cuál es la probabilidad de que ninguna de las otras 348 personas se dé cuenta que ha caído un vecino? Doctor 4 se arriesga: “Cuando los muertos aparecen en una quebrada o en el cañal o en el río, ¿quién cree que avisa a la Policía de que en la quebrada hay un muerto? La gente”, dice.

Las personas que llegan a la escena de un crimen no son -y no quieren ser vistas- como testigos de un crimen, pero son seducidas por los cadáveres ensangrentados baleados con los sesos desparramados las caras desfiguradas las panzas rajadas las tripas de fuera los ojos bien abiertos o bien cerrados y las bocas bien abiertas o bien cerradas. Personas atraídas por el morbo o la sangre, o tal vez no por eso o no solo por eso... Al final qué importa por qué llegan. Importa cómo se van de la escena. Algo le queda a esa gente en la cabeza. Y no parecerá grave, pero tal vez sí lo sea. Por eso interesa saber cómo digiere la comunidad la escena de un crimen, porque Doctor 4 ha comprobado que la mayoría de los crímenes siempre ocurren cerca de una comunidad.

A finales de junio, en el XXVIII Congreso Centroamericano de Psiquiatría, celebrado en República Dominicana, los siquiatras de la región hicieron un llamado a los gobiernos para que se invierta más fondos en la salud mental de las sociedades centroamericanas, las más violentas del mundo según Naciones Unidas. En síntesis los expertos concluyeron que los espectáculos de la muerte provocan desequilibrios, sociedades traumatizadas y enfermas. Sociedades adaptadas a lo desadaptado.

* * *

Dos muchachos encargan 20 pupusas y luego miran hacia el otro lado de la cinta amarilla. “¡Jueeela! ¡Otro, mirá!”, le dice uno al otro. El otro, con su celular, hace como que chatea. “Está yuca”, dice, sin despegar la vista del aparato. Y siempre con la vista abajo, agrega: “¡Hey! ¿'Tuvo bueno el partido, v'a?”. “La cagó Runi”, le contesta el primero, que no despega la mirada de la escena. Hoy, en Brasil, Italia venció 2-1 a Inglaterra. Se dijo que fue el mejor partido de la primera ronda del mundial.

Al otro lado de la calle los investigadores contemplan un cuerpo tirado a la entrada de una casa-tienda. Un charco de sangre que baja por las gradas. Es la sangre de Rosita junto a la sangre de otra víctima. Otra mujer, nadie sabe quién era.

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Edu Ponces / RUIDO Photo
 
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Los médicos de Clínica Forense comparten mis sospechas. Ellos, espectadores privilegiados, quizá sean los mejor preparados para lanzarse al vacío y buscar alguna conjetura. Ellos siempre cruzan la frontera que marca la cinta amarilla.

“Quizá lo más evidente sea la curiosidad”, dice uno de ellos. El Doctor 1 tiene 23 años como médico forense. Millares de cadáveres y levantamientos y escenas y autopsias han pasado por sus manos, pero para nada lo tienen curtido, acostumbrado, insensible. Él lo aclara. Es lo primero que aclara. Desde su primera presentación quiso enfatizar ese punto:

—El forense que le diga que está acostumbrado o que se ha vuelto inmune es un pajero –dice Doctor 1-. A mí me dicen: "Yo a usted lo veo que está curtido, que le gusta su trabajo". ¡No! Ni nosotros. Yo incluso quisiera que me trasladen, pero me dice mi jefe: "Yo pensé que le gustaba". ¿Cree que a alguien le puede gustar esto? El día que me guste me voy a pasar consulta con el siquiatra.

A este doctor lo he visto con una sierra en la mano y la tapa de un cráneo en la otra en la sala de autopsias. Los guantes ensangrentados. La vista obsesionada sobre el cráneo y el cuerpo que acaba de mutilar. Pandillero. Asesinado a balas. Estos días también lo vi también en el parqueo de una unidad de salud en San Martín, otro de los municipios más violentos del departamento de San Salvador. La víctima murió sobre la cama de un pick-up de la Policía que lo había trasladado de urgencia desde la escena del crimen, en otra comunidad como la de Rosita y la Señora Pupusera. Aquella noche había pocos pacientes en la unidad de salud, pero dos mujeres, con sus bebés en brazos, abandonaron la fila de la consulta y se asomaron curiosas a la puerta. Contemplaban en silencio el levantamiento del cadáver.

—¿Por qué la gente llega a ver la escena?

—¿Por qué salen? Para ver y para oír –dice Doctor 1-. ¿Y qué opinan? No nos gusta pensar realmente qué opino en un momento como ese. Ahora, si me preguntan qué opino probablemente aproveche la oportunidad para hacer una catarsis y para expresar la mezcla de sentimientos que tengo en ese momento. Entrevístame a mí, un día que hagamos 23 autopsias sábado y domingo, y probablemente mi opinión sea de tristeza, frustración, negativa.

—¿Cree que la gente lo ve como algo normal?

—Es indudable que el hecho genera algo. Pero es importante quién está a la par tuya. Si es una persona positiva, el hecho probablemente no te genere algo grave. Pero puede estar a la par tuya alguien totalmente nefasto, que te hable al oído y te envenene. Prácticamente podés salir de ahí hasta paranoide.

—¿Pero por qué van a la escena? ¿Qué los mueve? ¿Solo la curiosidad?

—La escena es un evento social. Eso es: un evento social. Yo no quiero ir a esa reunión pero sé que no puedo perdérmela, porque los días siguientes al crimen, la escena será el tema de conversación. Uno quiere seguir conviviendo con los demás. Uno no quiere quedarse atrás.

* * *

El doble homicidio en la avenida La Protesta ha provocado un caos. La Policía ha cerrado el paso a 20 metros a la redonda. Desde las 6 de la tarde mucha gente ha llegado hasta la línea amarilla porque quiere cruzar al otro lado. Se han bajado de los microbuses que no tienen otra más que interrumpir el trayecto y dar media vuelta. La gente, en lo que averigua si pueden cruzar la cinta amarilla o no, porque sus casas están al otro lado de la frontera, se han detenido a contemplar la escena. A Rosita no la pueden ver porque su cuerpo ha quedado a la puerta de la tienda, elevada sobre unas gradas, cubierta por un muro. No la pueden ver pero la imaginan.

“¿Mataron a la señora?”, preguntó otra señora más temprano, y luego pidió permiso a un agente. El agente, al percatarse del tumulto que se estaba formando, abrió el paso a la orilla del andén, el andén de la pupusería. Si el agente no hubiera hecho eso ahora tendríamos a unas 300 personas alrededor de la escena. Pero desde que el agente abrió el camino la gente que se ha bajado de los microbuses, ha curioseado cerca de la línea amarilla y se ha marchado cuando por fin descubren el paso abierto. Grupos de siete, 10 personas cruzando la línea amarilla cada 15 minutos, bajo la lluvia, con pequeñas correntadas bajando por la calle, mirando de reojo a unos policías y unos médicos forenses que por fin han llegado y allá detrás del muro conversan y se agachan y se paran alrededor de un bulto. Por alguna razón se me viene a la mente la imagen de las manadas de cebras que cruzan los ríos infestados de cocodrilos. Allá en África esos animales cruzan el peligro en grupo, siempre alertas, pendientes del peligro con el rabillo del ojo, grandes, negros, dilatados. La mayoría pasa el río, pero siempre hay una que se queda en el camino, devorada con total violencia, sin auxilio, en completa impunidad.

Llueve terrible. Un grupo se refugia bajo el toldo de un puesto de verduras, que en esta noche ya está cerrado. En el grupo hay cinco mujeres, vestidas con faldas largas, hasta los tobillos. En las cabezas llevan mantos blancos de crochet. Los tres hombres que las acompañan van de pantalón sastre y corbata. Todos llevan biblias. Vienen de un culto evangélico celebrado en el centro de la ciudad. Los "hermanos" ya saben que al otro lado de la línea hay un muerto, pero como no saben cuántos son en realidad, piden a Dios por varias víctimas. Uno de los hermanos dice que solo el Creador puede traer paz, sosiego, justicia. "¡Te lo pedimos, Señor!", dice. "Te pedimos que traigas paz a esas familias, a esas víctimas. ¡Reconfórtalos, oh, Padre!"

Los hermanos también piden por los victimarios. "¡Perdónalos, Señor! Toca sus corazones, aléjalos del Maligno, haz que vuelvan a tu camino redentor, Señor...". 

* * *

Dice el Doctor 2 que a falta de otros distractores los salvadoreños vemos en la muerte un espectáculo. Doctor 2 tiene 33 años trabajando con muertos. 13 en la Fuerza Armada, donde recogía cadáveres de la guerra, y 20 en Medicina Legal, donde ha recogido muchos de los cadáveres de la paz. Doctor 2 ya no sale a levantar muertos, pero todavía tiene frescas sus memorias. Doctor 2 ahora coordina a los “grupos de la muerte”, como él llama a las parejas de médicos que procesan los levantamientos en al Área Metropolitana de San Salvador. Hoy que hay Mundial de fútbol, Doctor 2 dice que ha creado un ránking donde los “grupos de la muerte” compiten por ser el mejor, cuando el mejor grupo es aquel que tiene la mala suerte de cubrir jornadas en las que se han asesinado a más de dos equipos de fútbol en un solo día.

A Doctor 2 le quedó claro que la muerte es nuestro espectáculo cuando acudió, hace mucho tiempo, a levantar “un doble” en una región inhóspita y montañosa en las afueras de la ciudad. Doctor 2 es un tipo ameno que dramatiza todo lo que cuenta. Esta vez cuenta que él y su auxiliar se habían perdido en el monte hasta que encontraron a una campesina que les dijo que el muerto estaba “allá en aquel nance”. Doctor 2 dice que el nance, allá en la distancia, parecía tener el tamaño de su dedo gordo presionado contra su dedo índice. Doctor 2 bajó un cerro, cruzó un río, vio un venado y descansó 30 minutos sobre una bolsa negra, la bolsa en la que se llevarían uno de los cuerpos, porque ya se había quedado sin aire. Él gime como que no puede respirar. “Sentimos que nos llevaría la chingada porque… ¿y cómo íbamos a sacar a esos dos cristianos de ahí? Eran un padre y un hijo asesinados. Y para que nos hayamos topado con un venado, se imagina qué poblado era ahí”, cuenta. La sorpresa para Doctor 2 fue descubrir, al pie del nance -un frondoso árbol que le sacaba cuatro cuerpos-, a unas 40 personas que los estaban esperando. Habían colgado hamacas en los árboles aledaños. “¡Y ninguno era familiar! ¿Qué más hay? ¿Dígame? ¡Esto es un espectáculo, hombre! Esa vez ni tuvimos que pedir ayuda porque la misma gente ya había sorteado quiénes serían los hombres que nos ayudarían a cargar a los muertos”.

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La lluvia ha empeorado y pese a ello hay quienes se bajan del microbús, ven la cinta amarilla, ven el paso abierto por la Policía, pero han decidido quedarse. Al otro lado de la acera, más cerca de la escena del crimen, Camilo se cubre bajo el techo de una venta de frutas. Hace una llamada. Camilo es un vigilante de 36 años que trabaja para una empresa de seguridad en el centro de la capital. A la mujer al otro lado del teléfono le dice que no lo espere pronto, porque han matado a alguien y “la Policía no está dejando pasar a nadie”. ¿Por qué miente Camilo? Porque no quiere perderse el espectáculo. Para él estas escenas se han convertido en capítulos importantes en su vida.

—Si me pusiera a contar a conciencia, desde que vivo aquí, he visto caer a unos mis 100. Conocidos la mayoría –dice Camilo.

La Policía dice que la colonia de Camilo, esta colonia, es una de las más peligrosas del municipio. Los datos de Doctor 4 dicen que este es uno de los 10 municipios más violentos del país, con tasas que superan los 111 homicidios por cada 100 mil habitantes entre 2001 y 2012. No creo que Camilo mienta.

—¿Conocía a la víctima? –le pregunto.

—Sí la conocía. No le digo que éramos amigos, pero sí conocidos. Sabía de ella.

Doctor 1, el doctor al que no le gusta la muerte, cree que la gente también acude a las escenas para encontrar las pistas que les ayuden a no tropezar con las piedras con las que cayeron las víctimas. Instinto de supervivencia. Camilo es un ejemplo para las sospechas de Doctor 1.

—La regó la señora… si ella ya la había logrado en Estados Unidos. Yo no sé para qué se regresó a poner esa tienda, sobre todo en un lugar como este.

Recientemente, la oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) dijo que en los últimos tres años se han disparado el número de casos de centroamericanos que migran huyendo de la violencia. ACNUR registra que entre 2009 y 2012 hubo más de 7 mil casos -por año- de salvadoreños, guatemaltecos y hondureños que solicitaron refugio en Estados Unidos, argumentando que eran perseguidos por las pandillas, el crimen organizado o el narcotráfico.

—Si ya estaba allá afuera –dice Camilo-. Ya había salido. Y yo no creo que allá no viera las noticias sobre cómo está el país, ¿para qué se viene demostrando que tiene dinero, montando una tienda de la nada, en una zona como esta? Por eso le han de haber caído, y quizá ella no logró pagar la renta… la regó la señora. No hubiera regresado.

Ahora Camilo señala los lugares en los que han caído acribillados aquellos con los que sí compartió alguna vez en la vida. En el arriate de enfrente, en el pasaje ubicado frente a la tienda Rosita, dos pasajes más abajo, dos carros después de la pupusería... cada recuerdo es un conocido menos en su vida. Una vida que él cree que ya no es tan amena.

—¿Sabe en qué estoy cayendo en cuenta? Es bien jodido irse quedando solo en este mundo y sin ningún conocido.

* * *

Por Clínica Forense se cruza el Jefe de Psiquiatría Forense de Medicina Legal. Él atiende a los supervivientes de homicidios, víctimas que se salvaron de un ataque; a víctimas de violaciones y a aquellos que matan y violan. Sus entrevistas y sus conclusiones se anexan en las investigaciones como pruebas periciales que ayudan a esclarecer dos cosas: que una víctima no miente y que un victimario estaba en pleno uso de sus facultades mentales cuando cometió un crimen. Siempre que se pregunta en Medicina Legal quién puede hablar de la psique violenta de la sociedad salvadoreña, las autoridades de Medicina Legal lo invocan a él.

Desde 2011, el Jefe de Psiquiatras me ha dicho algo que quizá explique a esta sociedad: “Estamos adaptados a lo desadaptado”. Le explico al Jefe de Psiquiatras en lo que ando y le pregunto: ¿Qué le queda a la gente que asiste a los espectáculos de la muerte? Él se avienta otra hipótesis.

—Las personas experimentan diferentes mecanismos de defensa sicológica para poder soportar esa situación. Es el síndrome de acomodación social ante los hechos violentos en las vías públicas. Hay naturalización, insensibilización, racionalización y encubrimiento –dice el Jefe de Psiquiatras.

—¿Asimilo la violencia como algo normal?

—Y entonces creo que no me afecta. Exacto.

—¿A qué se refiere con “encubrimiento”?

—A que la zozobra y la desesperanza fortalecen la racionalización del encubrimiento. 10 muertos hoy, 12 mañana. ¿Pero por qué los mataron? ¿Por qué no hay capturas? Y entonces la gente fortalece el sistema de impunidad y dice: “Es que, entonces, al muerto por algo lo mataron”.

—El clásico “en algo andaba, algo habrá hecho”.

—Pero no lo sabemos. Los móviles del crimen no los sabemos. Y ahí las noticias también impactan. Y eso genera sentimientos de impunidad en la sociedad. Y esa impunidad se convierte en un problema sicológico que puede degenerar en sentimientos de ira, persecución, paranoias, insensibilización, depresión, aislamiento…

* * *

La escena está por levantarse y es entonces cuando por fin consigo mis pupusas. Cuatro de queso, dos revueltas, una de frijol con queso. La Señora Pupusera y su hija y los clientes que todavía esperan me sonríen. No es normal que un periodista llegue a la comunidad y comparta la cena con todos ellos. Se ríen cuando se dan cuenta de que no puedo comer parado porque me estorban la libreta y la grabadora y el lapicero. Improvisan una mesa y luego vuelven a celebrar y ríen más fuerte cuando me ven comer en comunión con ellos, frente a la tienda Rosita.

La Señora Pupusera en ningún momento ha tenido tiempo para lamentarse. La venta de esta noche de sábado, como la de la noche siguiente, es la que más espera en la semana porque es la que le permite aguantar una semana más, a ella y a sus hijos. Nadie, alrededor de esta plancha, en las últimas tres horas, ha dicho más que lo suficiente por el drama de la noche. Una pregunta seguida de una confirmación. “¿La mataron?”, preguntó una parroquiana, en chancletas, que pidió 12 pupusas y se sentó en una banca de madera. “Pobrecita”, dijeron, al unísono, dos jovencitas en licra que llegaron a pedir 8 pupusas de queso. La Señora Pupusera, mientras palmea y sirve pupusas sabe que ya nunca más podrá salir de apuros gracias a Rosita, a la que más de alguna vez buscó para pedirle algunas gaseosas de emergencia. 

Una semana más tarde la Señora Pupusera confesará que el asesinato de Rosita sí fue comentado durante dos días. Como Camilo, el vigilante que se siente solo en el mundo, la conclusión de la gente fue esta: Rosita cometió un error al regresarse de Estados Unidos, si ya había conseguido huir de aquí.

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Edu Ponces / RUIDO Photo
 
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El Doctor 1, el doctor al que no le gusta la muerte, cree que no se puede dar una respuesta absoluta sobre los significados alrededor de una escena del crimen. “¿Las manifestaciones de la gente tienen un significado? Lo más probable es que sí, pero como no estamos en sus cabezas, lo que nos toca es especular”, dice. Doctor 1, sin embargo, cree que hay estadios que pueden ser fácilmente identificables. La curiosidad, el asombro y el morbo son los más evidentes.

Vamos a otro doble homicidio. Otro municipio en la lista de los 25 más violentos del país. 11 de la noche y no damos con la escena. Por radio la Policía y la Fiscalía se quejan porque ya pasó demasiado tiempo y no llegamos. La comunidad es como un laberinto. Hay tres edificios de dos plantas cerca de una línea férrea. Cruzamos los rieles, una manzana llena de casas grandes, una cruz calle. Ingresamos a tres de los cuatro caminos y en todos hay maleza. Son zonas rurales. El conductor de Medicina Legal no se atreve a ir por el último camino porque se ve demasiado estrecho y al final parece un callejón sin salida. La noche está demasiado oscura. Clínica Forense no quiere arriesgarse. Nadie quiere. Entonces la señora muerte se disfraza como una mujer vieja y con ojeras grandes, pelo teñido y desaliñado, gafas, cara arrugada y triste. “¡Sígannos!”, dice la mujer desde el asiento del copiloto de un pick-up de la Fiscalía. La fiscal ya tiene demasiados años –pienso-. Es una abuela que a estas horas debería estar dormida junto a sus nietos. Pero se me olvida que es la muerte disfrazada que ha venido a tomarnos de la mano para guiarnos, para que lleguemos a tiempo a otro de sus espectáculos.

La comunidad es pequeña. 14 casas, siete a cada lado. Camino de tierra, piedras, montículos llenos de grama y cascajo. En el centro de la comunidad hay una tertulia amenizada por 10 mujeres y cinco hombres. Quienes no están en la tertulia es porque se han quedado, en silencio, bajo el arco de las puertas de sus casas. Solo una de las casas tiene la puerta cerrada, aunque desde el corredor de esa casa, adornado por una pequeña huerta, escuché a un hombre preguntándole a una mujer: “¿A qué horas mataron al muchacho?... ¿Y solo a él?”. En el centro de la comunidad, en la tertulia, una mujer, sentada en una silla, duerme a una niña de tres años, recostada en su regazo. Dos niños corretean alrededor de otra madre que se pregunta cómo habrán matado a su vecino. Otra mujer se lamenta y comenta, cuando ve pasar el carro de Medicina Legal, que allá en Medicina Legal es perro llegar a traer a los muertos. Es como si el espectáculo que están contemplando hubiera provocado la reunión perfecta para una catarsis. Para que todos confiesen la cita a ciegas que han tenido con la muerte, o con la violencia o con los forenses de Medicina Legal. Para este grupo, la muerte no se disfraza de fiscal-abuela sino de médicos con gabachas blancas. La mujer que más se desahoga cuenta que hace seis años, en otra balacera cercana a la comunidad, una bala alcanzó a Nayeli, su hija de seis años. Cuando llegó a reclamar el cuerpo la niña estaba desnuda sobre una plancha así, mire, como de metal, y un hilillo de sangre goteaba al suelo, fíjese.

—El 21 de noviembre van a ser seis años que fuimos a reconocer a la Nayeli para sacarla de ahí. Cuando voy viendo que la van sacando en una bandeja así como de aluminio, puño de sangre y la ropita de ella a un lado… Ahí yo ya no era yo -le dice esta mujer a su grupo de vecinas.

Dejo la terapia grupal y entro a una casa –la casa de una de las dueñas de la tertulia-, subo unas gradas de adobe, broto al pie de una milpa, atravieso una pequeña vereda, llego al corredor de otra casa. Piso de tierra, paredes de cemento y techo de lámina y tejas. Arriba una mujer llora, un viejo ofrece café a un grupo compuesto por 14 personas y un perro bravo, que gruñe y amenaza a todos los desconocidos. La mitad de los presentes son los familiares de una de las víctimas. El resto son vecinos curiosos que han subido para tratar de llevarse la última imagen del muerto. Al fondo de la casa hay un pila, y cerca de la pila hay una puerta de madera. Se abre, la cruzo. Al otro lado me encuentro a la fiscal-abuela parada sobre la línea férrea. A su espalda hay una zanja, y en la zanja está el cadáver… acribillado. Del estómago salen… las tripas. De la cara… un ojo. Avanzo sobre la línea férrea, 20 metros hacia la oscurana. Sobre un montículo de tierra yace la otra víctima. Murió boca abajo, y ahora la cabeza la tiene aplastada, destrozada por el impacto de media docena de balas calibre 9 milímetros.

Regreso al centro de la comunidad después de que la familia de la víctima, al verme grande, y pensar que soy fuerte, me pide ayuda para cargar uno de los cadáveres. La fiscal-abuela autoriza. Otro vecino, uno de los siete curiosos que no era familia, me acompaña. Él también ayudó a cargar a Carlos, 27 años. El vecino se deja ir: “¡A Carlos se le salió un ojo y a Camello le hicieron puré la cabeza”, le cuenta a sus vecinas. “¿Vos lo viste?”, le pregunta la vecina a la que le mataron una hija hace seis años. “¡Yo lo vi! ¿Verdá, usté?”, responde, mientras me mira a los ojos. Todas esperan que yo confirme el relato de El Vecino.

El morbo.

Recuerdo las palabras de Doctor 1: “Ahí está el morbo. ¿Cuántos fueron, dónde los tiene? ¿Si ya está muerto para qué querés saber de eso? Si no sos médico ni tenés estudios, y te da lo mismo que sea en la región mastoidea u occipital, y te da lo mismo que sean siete o 100 disparos, te preguntas cómo murió por puro morbo”.

“Morbo. (Del lat. Morbus). 1. Enfermedad (alteración de la salud). 2. Interés malsano por personas y cosas. 3. Atracción hacia acontecimientos desagradables”. Diccionario de la Real Academia de la Lengua.

Otra vecina celebra a los muertos. “¡Por lo menos aquí quedaron!”, dice. “Yo tengo un año buscando a mi hermano. Gracias a Dios que por lo menos aquí quedaron. Si se los hubieran llevado sabe Dios qué hubieran hecho con ellos. Sabe Dios adónde quedarían. Demos gracias que por lo menos aquí quedaron”.

Todos asienten. Es la normalización.

Una anciana se une a este coro. Teme. Dice que ahora ya no podrá dormir. “Y ahora a saber cuándo vendrán por nosotros, ¿verdad? ¿Ahora sí vendrán por los que quedamos, verdad? ¡Ay, Dios mío! Yo no voy a pegar un ojo pensando que ahora vendrán por nosotros. Hay que decirle a los niños que mañana no salgan a jugar…”

La impunidad. La paranoia. La racionalización. El miedo. El aislamiento…

* * *

En el corazón de una comunidad pequeña y pobre cercana a la ciudad de San Salvador asesinaron a Talahón, el borracho de la cuadra, un hombre de 43 años. Esta comunidad es tan pobre y marginal que hace 12 años el gobierno decidió ocultarla. Al final de la comunidad está uno de los mejores complejos deportivos del país. Fue inaugurado para los Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe de 2002. Como era una de las principales sedes, a los organizadores se les ocurrió que la comunidad pobre que rodea al complejo debía desaparecer. Así que levantaron inmensas vallas metálicas alrededor del complejo, para que no se viera lo que había detrás de las vallas. La pobreza es demasiado fea y el complejo había quedado demasiado bonito. 12 años después el complejo está descascarándose, pero la comunidad sigue a flor de piel.

En la comunidad fea había 25 vecinos muy cerca de la línea amarilla. Todos querían una parte de la escena. El corazón de la comunidad es un pasaje angosto, pavimentado, sin aceras. Una señora husmea acompañada de sus hijas en piyamas. Una de las niñas tiene siete años; la otra, cuatro. Un grupo compuesto por cuatro hombres comentan sobre lo violento que se ha puesto el país mientras juegan naipes sobre la cama de un pick-up. La familia del difunto, a escasos metros, llora y grita y pide permiso a un policía para ir a ver el cadáver, mientras unos hombres recién terminan de meterlo en una bolsa grande y blanca, allá en una esquina, en el fondo del pasaje.

A la escena llega El Viejo, un señor ameno y sonriente que primero saluda a los hombres que juegan naipes y luego se para cerca de la vecina que ha sacado a sus hijas en piyamas. El Viejo venía de cenar, recién regresado de una densa jornada de trabajo. El Viejo es maestro de construcción de una empresa de constructores. Tiene 62 años. Es pequeño pero fornido, de manos gruesas y ásperas. Vive en la comunidad desde los 15 años y asegura -lo asegura alzando la voz- que no se sabía de un asesinado desde los tiempos de la guerra, cuando él recuerda haber sido de los primeros en asomarse a la calle tras escuchar una ráfaga que acabó a cuatro jóvenes. Ahora El Viejo se ha asomado para comprobar si realmente el muerto es el conocido borrachito Talahón, “el bolito de la comunidad que no se metía con nadie”.

Le digo a El Viejo que me disculpe por las extrañas preguntas. Le explico qué ando haciendo, y él asiente, y toma un trago de su jugo de frutas. Le pregunto cómo se siente, le suelto una batería de dudas: ¿Siente que ahora están más inseguros? ¿La gente acá se sentirá más insegura? En la penúltima pregunta El Viejo comienza a descomponerse.

—¿Conocía a la víctima?

—O sea… sé de él… o sea… porque de vez en cuando llegaba a la tienda de mi señora… él nos pedía alguna comida de fiado y allá al tiempo pagaba.

—¿Por qué lo habrán matado?

—Él era un borrachito... pero la verdad es que no se metía con nadie… Dicen que fumaba marihuana pero hasta ahí… Yo no creo… Él era buena borrachito, de esos borrachitos pide cinco, pero era buena persona…

No sé qué está pasando, pero El Viejo está inquieto. Él tampoco sabe que está pasando... A medida que reconstruye los retazos que conoce de la vida de Talahón hay algo que comienza a presionarle el pecho. Pero ni él ni yo terminamos de comprender qué está pasando y en la inercia le suelto una pregunta más.

—¿Qué más recuerda de Talahón?

El Viejo entonces da un paso hacia atrás. Se lleva una mano a los ojos. Intenta contener algo que está a punto de estallarle por dentro. Le da otro sorbo a su jugo de frutas. Arranca, con la voz entrecortada:

—Recuerdo que una vez…

… a El Viejo se le traba el recuerdo porque llora a Talahón como si Talahón fuera un hijo que le hubieran matado, cuando en realidad no lo conocía mucho. Talahón era uno más de la comunidad. Una vez, una tan sola vez en la vida, El Viejo convivió más de ocho horas seguidas junto a Talahón. Convivir es decir demasiado: se lo llevó un día a trabajar, se lo llevó de albañil, y esa fue la única vez porque Talahón ya no regresó nunca más al trabajo que El Viejo le había ofrecido.

Un pequeño recuerdo, un día en la vida, es demasiado para El Viejo, que llora como si Talahón fuera su hijo, su hermano, sangre de su sangre. Llora quizá con la misma intensidad y el mismo sentimiento con el que hace un rato lloraba la madre de Talahón, que se derretía cerca de la línea amarilla. El Viejo intenta recomponerse pero no lo logra. Se avergüenza. Coloca su jugo de frutas en el suelo y con ambas manos se tapa el rostro durante dos largos minutos. Su hijo deja el juego de naipes y llega a consolarlo. El Viejo al final se recompone. Pide disculpas.

—Me va a disculpar… pero que maten a alguien de la comunidad uno lo siente bien fregado…

Edu Ponces / RUIDO Photo
 
Edu Ponces / RUIDO Photo

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