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Hay un muerto en el patio de Mamá

¿Usted qué haría si atrás de la casa de su madre aparece un cadáver? ¿Qué tan importante sería ese muerto para su familia? 

Daniel Valencia Caravantes

 
 

Mamá fue hospitalizada el lunes en la mañana. Papá la llevó al hospital general del Seguro Social, sobre la avenida Juan Pablo II. Mamá poco a poco pierde la vista, y los doctores sugirieron otra intervención en la retina. Antes de que la operaran, Mamá ya sospechaba que en el patio de su casa había un muerto.

La primera en sugerirlo fue Sobrina. El domingo por la tarde, antes que anocheciera, salió al patio y subió al plafón para bajar la ropa. En esas estaba cuando observó, más abajo, en el lecho del río, “un cuerpote grandote y desnudo que estaba como quemado”. Sobrina gritó a su abuelo y Papá trepó como gato al plafón. Sobre el río, atascado entre unas piedras, con los pies cubiertos por el agua, Papá creyó que aquello era un muñecote grandote y de plástico. Papá, creo yo, necesita lentes nuevos.

El lunes, al mediodía, el barranco apestaba más de lo normal. Hermana no quiso ir a ver el muñeco, y Papá siguió diciendo que aquel cuerpo era un muñeco mientras coordinaba el ingreso y las visitas al hospital para Mamá. Papá tenía la cabeza puesta en Mamá.

El martes, Hermana se atrevió a ver al muñeco. No supo qué creer y, para quitarse la duda, buscó a El Doctor, un vecino. El Doctor no estaba pero le dejaron la razón. Apareció como a la hora, subió al plafón y confirmó que aquel muñeco no era un muñeco. “Tiene que hablar a Medicina Legal”, dijo El Doctor.

Hermana habló a Medicina Legal, y en Medicina Legal le dijeron que no podían hacer nada sin la presencia de la Policía y la Fiscalía. Hermana le dijo a Papá, y Papá le dijo que iría a traer a Mamá.

Mamá regresó a casa el martes, al mediodía. Un parche en el ojo, la cara cansada, un morete como ojera. Papá le prestó sus “Ray Ban” y la cargó hasta la segunda planta de la casa. Mamá se acostó. Se durmió. Papá se fue sin decirle nada.

Antes de salir de la colonia, Papá le dijo al vigilante que “ya va a venir la Policía. Hay un muerto atrás de la casa. Hágalos bajar al barranco por el parque. Usted ya sabe cómo se baja y cómo se sube”. A las horas llegó la Policía, y el vigilante los llevó a la puerta de la casa.

“¡Tía, ha venido la Policía! Dicen que quieren entrar para ver al hombre que está muerto allá abajo”. Así despertó Ahijada a Mamá.

Afuera de la casa había bulla de patrullas y de periodistas. La noticia se había corrido entre los medios de comunicación. Todos querían ver al muerto. Mamá se despertó sobresaltada. La imagen de un muerto que no es suyo atravesando la cocina, el comedor y la sala no le gustó para nada.

Un Policía volvió a tocar la puerta. Esta vez lo atendió Hermana, que ya estaba estresada con la bulla. “A Mamá la acaban de operar y no es el mejor momento…” Hermana tampoco quería ver a un muerto que no es suyo atravesando la cocina, el comedor y la sala.

Mamá, en la segunda planta, ya había decidido dejar pasar a “un policía pero para que viera dónde estaba el cuerpo. ¡Nada más!”, pero el policía ya nunca regresó para recibir el permiso de Mamá.

Yo llegué a casa de mis padres hasta las 7 de la noche. Frente a la casa había dos jóvenes agentes que me saludaron con un “buenas noches” bastante respetuoso. En la puerta me recibió Hermana. Me susurró todo el cuento del muerto. Mamá estaba arriba, en su cuarto, con los Ray Ban puestos para protegerse de la luz del foco. Tenía una taza de café en la mano.

—Hijo, andá a ver a eso y decinos si es un muerto, por favor. ¡Primero Dios que no! Y si es, por favor ayúdanos para que no lo saquen por la casa. Yo no quiero eso.

Bajé a la primera planta, saqué una escalera al patio y me asomé por el muro. Sobrina me llevó una lámpara.

El muñeco era un muerto bien grande y desnudo. Estaba boca arriba, con las piernas bajo el agua y una panza hinchada. A juzgar por las lesiones en el cuerpo desnudo había sido arrastrado por la corriente. Tenía la panza inflada (por los gases que descomponen los órganos internos), con la piel jabonosa, “saponificado". Así llaman los médicos forenses del Instituto de Medicina Legal a los cadáveres que han estado expuestos a temperaturas húmedas. Quién sabe qué le pasó al muñeco, pero aquella noche había que bajarle el susto a Sobrina.

—Quizá no es que esté quemado –le dije a Sobrina-. Eso que pensás son quemaduras probablemente hayan sido heridas que sufrió el cuerpo al chocar con las piedras del río.

Sobrina no me creyó. Mamá pensó en otra familia.

—¡Ay, Dios miyo! –exclamó Mamá-.  ¡Cuánta angustia ha de estar sufriendo esa madre ahorita! Sin saber dónde está su hijo...

Hermano llegó dos horas más tarde. Se enteró del muñeco y se carcajeó cuando le dije que el muñeco estaba "saponificado". Juntos nos pusimos a hacer bromas. No hay mejor remedio para aguantar tanta violencia que el humor negro. Para eso nos hemos entrenado muy bien los salvadoreños en las últimas tres décadas. Es la normalización de la violencia que todos llevamos dentro.

Hermano es bien barrigón. Hermana y yo también estamos gordos. El chiste de la noche fue este:

—¡Pucha! –dijo él-. O sea que si vos, Hermana y yo nos acostamos boca arriba a la par del muerto, la Policía no va a saber a quién de los cuatro llevarse…

El chiste le borró la cara de depresión a Sobrina, la primera en ver al muerto. Le quitó la cara de preocupación a Papá, que se afligió cuando comprobaron que era un muerto, y le alegró la noche a Mamá, que sigue esperando un milagro luego de su última cirugía en los ojos.

Minutos más tarde llegó un camión forense de la Policía. Sacaron al muerto por otro lado de la barranca y no por el patio, cocina, comedor y sala de Mamá.

P.D: Ha pasado una semana desde que vi al muñeco. Sigo sin poder sacármelo de la cabeza. ¿Quién era? ¿Qué le pasó? ¿Su familia ya dio con su cadáver o sigue siendo un desaparecido? Habrá que escribir otra bitácora.

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