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Huir de las pandillas ante la mirada de la Policía Antipandillas

Más de una decena de familias abandona sus casas ante la amenaza de masacre del Barrio 18. Un hombre llora rabioso porque hoy dormirá en la pieza de mesón de un familiar junto a sus tres hijos. El jefe de la Unidad Antipandillas de la Policía Nacional Civil llega a la escena y pide a la gente que ore. Esta es la huida de varias familias residentes en los condominios San Valentín, de Mejicanos, en el Área Metropolitana de San Salvador.

Texto y fotos: Óscar Martínez

 
 

Esto está ocurriendo en vivo hoy martes 20 de enero. De hecho, muchas personas lo están viendo desde sus casas, mientras almuerzan, como si fuera un partido de fútbol en vivo transmitido por la televisión. Así, en vivo y en directo, más de una decena de familias huye de sus casas en el condominio San Valentín, de Mejicanos. Las cámaras las graban y los policías las cuidan. Los policías cuidan la huida de las personas que han creído la amenaza de la pandilla Barrio 18. La pandilla les dijo el fin de semana que hicieran algo. Ellos no lo hicieron. La pandilla les dijo que los mataría. Muchos de ellos le han creído. Se van. Se van en vivo por televisión nacional.

Más de una decena de familias huye de sus casas en el condominio San Valentín de Mejicanos.
 
Más de una decena de familias huye de sus casas en el condominio San Valentín de Mejicanos.

Aquí, en el condominio hace un calor sofocante. Es mediodía. La gente empezó a vaciar sus viviendas alrededor de las 10 de la mañana, porque las 24 horas de plazo que la pandilla dio terminan a las 7 de la noche. Luego, viene la masacre, prometieron los pandilleros. La gente está agotada de sacar camas, refrigeradoras, televisores, sillones... Sudan y, aunque el sol del mediodía es rabioso, no dejan de cargar, porque ellos creen que es verdad que las 7 de la noche es la hora límite para que se largue todo aquel que no quiera morir masacrado.

El condominio San Valentín está en la colonia Delicias del Norte, del municipio de Mejicanos. Está antes de llegar a la Finca Argentina, a unas cuadras del punto de buses de la ruta 2-C. Aunque quizá sean mejores referencias dos hechos. El condominio San Valentín queda a unas cuatro cuadras de donde unos sicarios asesinaron el 6 de marzo de 2013 a Giovanni Morales, conocido como El Destino, miembro de la Mara Salvatrucha, uno de los veteranos de la clica de los Guanacos Criminal Salvatruchos que tienen sede allá arriba, en la parte alta de la colonia Montreal. El asesinato de Morales fue famoso, porque él era un ayudante del padre Antonio Rodríguez, el famoso pasionista que fue acusado de cómplice de las pandillas y obligado por la Fiscalía el año pasado a salir del país hacia su natal España. Pero si a alguien no le resulta conocido ni el Padre Toño ni El Destino, seguramente se ubique después de esta otra referencia: el condominio San Valentín está a unas siete cuadras de donde el domingo 20 de junio de 2010, varios pandilleros del Barrio 18, en concreto de una clica llamada Columbia Locos Sureños, de la colonia Jardín, quemaron un bus de la ruta 47 con los pasajeros adentro. 17 personas murieron. Algunas incineradas y otras acribilladas cuando intentaban escapar por las ventanas. Esa ruta hacía punto en la colonia Buenos Aires, en la parte alta de Mejicanos, controlada por la Mara Salvatrucha, pero para llegar hasta ahí tenía que recorrer buena parte de la zona controlada por el Barrio 18. La disputa por el control de territorio llevó a aquella descabellada acción que dio vuelta al mundo.

Aquí, en medio de toda esa muerte, están los condominios San Valentín. Unas 46 familias habitan sus casas. Este es un condominio sin ninguna particularidad arquitectónica: un pasillo de cemento es la columna vertebral entre los dos portones que dan acceso a las calles que rodean el condominio. De forma perpendicular a esa alfombra de cemento se abren los pasajes repletos de casitas diminutas. Abajo y arriba. Tres pasajes y la columna central donde también hay casitas. Así, casitas. Un solo cuarto-comedor-cocina-sala. Un solo espacio y un baño. La gente en estos lugares es experta para convertir esos espacios en zonas multiuso. De noche, caen al suelo los colchones y las sillas se suben al comedor. De día, los colchones se guardan en el pequeñísimo tendedero que está al fondo y las sillas vuelven a ponerse en el suelo alrededor del comedor o enfrente del televisor.

Eso es el condominio San Valentín, donde ahora decenas de sus habitantes desmantelan sus viviendas mientras nosotros los periodistas les preguntamos por qué, y los policías cuidan la huida.

En la parte de abajo de uno de los pasajes, una familia suda y llora. Desde las 10 de la mañana están sacando sillones, electrodomésticos y colchones. Suben lo poco que cabe en un pick up. El pick up se va y luego vuelve a recoger un poco más. De la familia aquí solo están los adultos. Ellos, dos hombres de veintitantos. Ellas, una mujer de más de 50, otra de más de 40 y embarazada y una de 20. Dos mujeres más, las parejas de los muchachos, y los cuatro niños de ellos se han ido a la casa de una cuñada. No se quedaron para la apurada mudanza. Los niños son apenas unos bebés. El mayor de los niños que no están aquí tiene seis años. Todos ellos son una familia, y alquilaban tres casitas aquí en el condominio San Valentín. Cada casita les costaba 100 dólares al mes, y la pagaban, sobre todo, con el trabajo de ellos, que limpian vidrios en un semáforo de San Salvador.

De momento, el pick up va y viene hacia la casa de unas primas de ellos, en un condominio muy parecido a este aquí en Mejicanos. Algunos se irán ahí a dormir hasta que encuentren otro lugar. Otros se irán a la pieza del mesón de los padres de uno de los muchachos, a esperar que el cuartero no los eche cuando se entere de que están metiendo en la pieza más gente de la que se supone.

A pesar de que el condominio que hoy desalojan está enclavado en la muerte cotidiana, ellos aseguran que no era un condominio reconocido por el dominio de las pandillas. Decir eso es relativo. Para la clase obrera de este país, las pandillas nunca son algo lejano. En todo caso, puede ser un problema menos cercano. Desde hacía ya varios meses, en la segunda casa del condominio -si se entra por la puerta principal-, se habían instalado “cuatro muchachas pandilleras”. La casa estaba en venta, pero ellas se instalaron sin comprarla. Se la tomaron, cuentan en el condominio. En las noches, jóvenes tatuados de la colonia Jardín, pandilleros del Barrio 18, llegaban a visitarlas. Tomaban, reían. Nadie en el condominio se metía con ellas.

Los muchachos de la familia con la que hablo cuentan el cuento. Las mujeres de la familia lloran intermitentemente mientras ven cómo su casa deja de ser su casa.

El pasado sábado 17 de este mes de enero, la Policía allanó la casa de “las muchachas pandilleras”. Como era una casa invadida, se llevaron todo lo que las muchachas tenían ahí adentro. Ellas no estaban, dicen los vecinos.

Los Policías hicieron su trabajo. Respondieron a una denuncia. Desmantelaron una casa ocupada, sacaron lo que ahí había y se fueron. Ese es el problema. Las pandillas no se van. Son parte del entramado social, viven ahí, son hijos de unas mujeres que viven ahí y hermanos de hombres y mujeres que viven ahí. Son padres, tíos, amigos de alguna gente que vive en esas zonas. Las pandillas son parte de El Salvador. Las pandillas están tan arraigadas a su barrio, a su colonia, como la tienda de la esquina.

Las muchachas volvieron. El domingo –me lo confirman siete vecinos del condominio que ahora mismo desalojan sus casas- las cuatro mujeres llegaron de noche, acompañadas de dos pandilleros armados con pistolas. Se dirigieron a la casa de uno de los vecinos y le dijeron que informara a la comunidad que ellas querían que entre todos les amueblaran la casa, que “la rata” –así dijeron- que denunció a la Policía era parte de la comunidad, y que entonces la comunidad tenía que devolverles la puerta de la casa, un refrigerador, un televisor, una cocina, un comedor con sus sillas, sofás… Además, pedían que los vecinos firmaran una carta diciendo que ellas eran habitantes honorables de los condominios San Valentín. O, como plan B, pedían otro apartamento del condominio, pagado por todos los vecinos y amueblado. Dijo el señor que las muchachas aseguraron que si nada de eso ocurría, la pandilla mataría a varias personas dentro del condominio San Valentín. El señor que recibió el mensaje empezó a empacar, él fue el primero en creerse el mensaje recibido. El lunes, luego de que el señor ya había contado a varias familias lo que había escuchado, el mismo señor recibió un mensaje telefónico. Era la misma amenaza, con un ingrediente más: “tienen 24 horas para cumplir o habrá una masacre”. El señor mostró el mensaje a varias personas, entre ellas a uno de los hombres de la familia a la que veo desarmar su casa. Entonces, la noche del lunes, empezó el pánico en los condominios.

Alguien dijo a la Policía que estaban amenazados, y algunos policías llegaron a quedarse en el condominio la noche del lunes, para disuadir a la gente que ya murmuraba la fuga. El martes, al menos cinco familias amanecieron con una idea clara: huir. Esas cinco asustaron a otras cinco, y para el mediodía, 17 familias metían sus cosas en camiones, pick ups, carros viejos, donde podían, y se largaban a otra zona, controlada por la misma o por otra pandilla. Cada quien conoce cuál será su estrategia.

“Ese es uno de los clavos –me dice el más moreno de los limpiavidrios que saca a su familia-. ¿Ahora para dónde nos vamos? Si pandillas hay en todos los lugares donde podemos vivir, en cualquier lugar que esté por debajo de 300 dólares al mes hay pandillas. ¿Para dónde nos vamos? ¿Qué vamos a decir si nos preguntan los pandilleros de allá que de dónde venimos? Si son de la 18 no les va a gustar lo que pasó aquí. Si son de los otros, no nos van a querer en ese lugar. Ahorita solo nos vamos, ya después veremos qué hacer”. El hombre termina la frase –un hombre duro, al que la vida ha llevado a limpiar vidrios-. El hombre hace silencio. El hombre echa a llorar. No llora con soltura, como su tía a la par. No llora continuamente, con el llanto de su tía a la par, que es un lagrimeo lento y constante limpiado cada cierto tiempo con el pañuelo que lleva en la mano. El hombre tostado por el sol llora sin querer llorar. O al menos llora sin querer que lo vean llorar. Intenta no llorar, pero llora y aturra la cara, porque se nota que llora desde lo más profundo. El estómago se le hunde en espasmos. Llora humillado. “Humillado”, dice.

Él, que limpia vidrios todo el maldito día en una esquina de este país caluroso y soleado, ha tenido que desarmar la casa que amuebló y alquiló limpiando vidrios, porque unas muchachitas ultramaquilladas lanzaron una amenaza contra todos en el condominio. Él, que después de todo el día de mendigar, bajaba la mirada cuando las veía pasar; él, que dice que siempre habitó esos condominios bajo el lema de “no hay que meterse con ellas”; él, que siempre pensó que “del trabajo a la casa a encerrarse”, ahora tiene que irse, porque ellas tienen el apoyo de “los muchachos”.

El otro hombre lo ve llorar y llora. Llora igual que su cuñado. Llora profundamente humillado. Su cabeza hacia el piso y la cara aturrada a pesar de su esfuerzo.

Hoy, ellos y sus hijos, dormirán apiñados en otro condominio o en un mesón. Hoy dormirán en espacios prestados. Dormirán apiñados. Y mañana ellos limpiarán vidrios para volver a empezar.

Es la 1 de la tarde, y la huida de las familias está custodiada por unos siete policías de seguridad pública. De repente, unos 15 policías con pasamontañas entran en el condominio. Los acompaña su jefe, el subdirector de la Policía a cargo de la Unidad Antipandillas, el comisionado Pedro González. La huida fue televisada, el país pudo almorzar viendo cómo la gente huía. Algo había que hacer.

Los agentes antipandillas sacan a todos los medios del condominio. Yo estaba al fondo de uno de los pasajes, y logro quedarme. El subdirector González llama a los habitantes: “Acérquense, por favor, llamen a todos, vengan, ya no hay cámaras, hemos sacado a los medios un rato para decirles un mensaje”. Se acercan poquísimos habitantes. Unos 12. El resto sigue apurando la huida o prefiere quedarse encerrado.

Una señora sale de su casita y dice: “Vengo solo yo, porque mi marido padece del corazón”.

El subdirector González pide a la gente que lave ropa, que cocine sus almuerzos, que vea tele, que vuelva a sus casas. Les dice que habrá agentes ahí. Les dice que hagan vida normal. Les dice que su gente va a capturar a “todos los mareros”. Les dice: “A todos los mareros de la zona los vamos a llevar”. Grita, como una extraña orden al aire: “¡Peinen esta zona!” Y ante su orden, ningún agente se mueve. Le dice, finalmente, a la gente que recen. Les dice: “No importa quién aquí es católico o evangélico, elevemos una oración, eso es lo más importante, pidamos al Señor”. Pide que alguien se ofrezca para dirigir la oración. La gente solo lo ve. El jefe policial insiste en que alguien, por favor, ore en voz alta. Nadie. Pide a una señora, a la que tiene enfrente, una señora de unos 70 años, que “se ve devota”, que rece. Ella no reza, pero la señora que está a su lado por fin lo hace. Entre sus plegarias logré anotar esta en mi libreta: “Señor, pon un ángel en cada puerta”.

Más de una decena de familias huye de sus casas en el condominio San Valentín de Mejicanos.
 
Más de una decena de familias huye de sus casas en el condominio San Valentín de Mejicanos.

La familia de los limpiavidrios sigue apurando su huida.

Unas 10 familias siguen yéndose mientras el mayor jefe policial del combate a las pandillas en todo este país les pide que no se vayan, les promete que él los protegerá.

Unas 50 personas ya no creen que esos hombres puedan cuidarlos.

Minutos después, el subdirector González me dirá algo que ya ha dicho en otras ocasiones su jefe, el director de la Policía, y también el jefe de este, el ministro de Seguridad y Justicia. El subdirector González me dirá: “También es una cuestión de percepción de la realidad”.

Sí, es posible pensar que la amenaza era soberbia pura. De hecho, algunas familias han decidido no irse. Han creído que era más palabrería que capacidad real. Sin embargo, ¿quién puede creer que los que se fueron eran unos débiles? La pandilla ha matado cuatro cuadras abajo. La pandilla ha masacrado, incinerado, acribillado, siete cuadras abajo. La pandilla, hace solo 10 días, mató al hijo de la pupusera de este condominio. Lo secuestró afuera del condominio, justo afuera, cuando llevaba un tambo de gas, y lo devolvió cadáver un día después allá por la colonia Panamá.

Sí, esto tiene que ver con percepciones, pero percepciones sobre una amenaza realista y mortal. No se trata de la percepción de alguien que cree o no en el meteorólogo, y decide si llevar chumpa o camiseta. No se trata de la percepción de alguien que cree que los ladrones pueden robarle el carro. Se trata de la percepción de quienes tienen que elegir entre creer o no creer que esta noche, esta misma noche, masacrarán a tu familia. ¿Sí o no? ¿Me la juego?

El rezo propuesto por el subdirector González ha terminado. Horas más tarde presentarán a seis capturados en las colonias aledañas, acusados de pertenecer al Barrio 18.

Aquí, en los condominios San Valentín, una mujer pregunta: “¿Entonces quedarán policías aquí?”. El subdirector González contesta: “Aquí quedarán hasta que se sientan más tranquilos”. La mujer replica: “¿Y luego? ¿Y cuando se vayan? ¿Y cuando agarremos el bus para ir a dejar a los niños a la escuela? ¿Y cuando salgamos a trabajar?”. La mujer se va y sigue empacando para huir.

Otra mujer pregunta: “¿Podría dejar un policía de por vida en cada puerta?”. El círculo de oración ya se disolvió. Ya nadie le responde.

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