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La frontera de Los Señores

La detención de un influyente alcalde fronterizo realizada por un rudo jefe policial que se jacta de no temer a los narcos devela cómo se mueven los hilos en la frontera entre Honduras y Guatemala. Los señores de la droga de acá tienen alianzas que escalan hasta lo alto del poder nacional. Este es un recorrido por Copán, la gran puerta de salida de lo que en Honduras se conoce como el corredor de la muerte.

 
 

 

* * *

El Tigre no quedó satisfecho con las órdenes que le dio a Rivera Tomas. Está estresado. Las oficinas no son su fuerte. Primero, condujo a toda marcha para encontrar un furgón que fue robado con todo y su carga: un tractor. Efectivamente, el furgón estaba a orillas de la carretera que va de La Entrada a Santa Rosa de Copán. Como era de esperar, el tractor había desaparecido. O sea que entre las 5 de la tarde que lo robaron y las 11 de la noche que llegamos, los delincuentes trasladaron un tractor de plataforma a plataforma y desaparecieron.

—Es que aquí no son rateros de cartera los que andan. Esto es frontera, aquí hay señores criminales. ¡Es por gusto, vámonos! Ese tractor ya ha de estar entrando a El Salvador por algún lugar de Ocotepeque –ordena El Tigre a los dos policías que escrutaban la oscuridad que rodeaba el camión mientras apuntaban al monte con sus M-16.

Pasó lo del camión, y ya hace media hora que estamos en la delegación de La Entrada para que El Tigre se cerciore de que Rivera Tomas no dejará ir al alcalde de La Jigua.

Alrededor de la delegación donde el alcalde firma furioso las actas de detención se han apostado 10 personas que, si no son guardaespaldas, intentan parecerlo. Nos examinan, nos filman con las camaritas de sus teléfonos a los policías y a mí, hablan por teléfono, nunca dejan de hacerlo, y se acercan para que los escuchemos: Ya lo vamos a sacar. No saben con quién se metieron estos pendejos. Le vamos a llamar al ministro. En unos minutos lo sacamos.

Pero El Tigre no está de acuerdo. Allá en la esquina azora a Rivera Tomas diciéndole que cuidadito y deja al alcalde de La Jigua pasar la noche en su casa.

Subo a la patrulla con El Tigre. Vamos solos en la cabina. En la cama del pick up van tres agentes. Avanzamos en silencio hasta que una llamada interrumpe en el celular de El Tigre.

—¿Que qué? ¿Que llamó a Barralaga? ¡Me vale verga! ¡Ahí me lo tiene!

Jorge Barralaga es el jefe policial de Copán. El Tigre es su jefe regional, y no se llevan nada bien. El Tigre pidió que se investigara a Barralaga por haber permitido, contra sus órdenes, que 60 policías de Copán brindaran seguridad a la Alcaldía de El Paraíso el 28 de febrero de este año, durante la inauguración. “¿Dónde se ha visto que se descuide todo un departamento para cuidar una alcaldía perdida?”, se pregunta El Tigre. No solo fueron los 60 que envió Barralaga, sino que, según correspondencia interna policial que pude ver en Tegucigalpa, se enviaron otros 20 agentes y algunos militares. Un ejército resguardó la inauguración de una alcaldía que gobierna a poco más de 18,000 personas. En algunas delegaciones solo quedó el motorista. Luego del evento, dice el documento en poder de la dirección nacional de la Policía, los más de 80 servidores públicos se formaron y recibieron 1,000 lempiras cada uno de agradecimiento. La Alcaldía de El Paraíso agradeció con más de 80,000 lempiras (casi $5,000) el gesto multitudinario de los encargados de la seguridad de esta frontera.

En su carta de protesta, anexa al documento, El Tigre se queja de que esto representaba “una violación y desprestigio de la imagen”, porque evidenciaba que “nuestra Policía está al servicio de individuos dedicados a la actividad del narco”. La queja de El Tigre terminó en un llamado de atención hacia él por su mala relación con los alcaldes de la frontera.

Seguimos en silencio por la carretera unos cinco minutos. Nueva llamada en su celular.

—Ajá, dígame. ¿Que qué? ¿Que también llamó el ministro de Seguridad preguntando que por qué han detenido al alcalde? Bueno, hasta que no les diga que lo liberen, ahí me lo tienen.

Cuelga.

—Condenados estos, no dejan de mover sus hilos –me dice, riendo.

Seguimos en silencio. Tres minutos nada más. Nueva llamada. 

—Ajá, ajá, dígame… Sí, ahí lo tengo detenido, publíquelo… Ajá, entonces no es información lo que usted quiere, sino que yo libere al alcalde.

Tapa la bocina de su celular, pone el altavoz y me dice en susurro que es una periodista importante de la zona.

—Fíjese que me llamó el diputado Marcio Vega Pinto (diputado por Copán), que intercediera, que porque yo tengo contactos con usted me dijo –dice la voz de mujer.
—Pero ya sabe que en eso no la puedo ayudar –responde El Tigre.
—Se van a enojar todos esos alcaldes, ellos son bien amigos.
—Sí, ya sé que todas esas fieras me van a recordar de por vida.
—Mire, tenga cuidado, dicen que ese alcalde es socio de Los Valle, los de El Espíritu.
—¿Y que a esos Valle no les entra el plomo, acaso?

Quita el altavoz para despedirse de la periodista.

—No va a dejar de sonar el teléfono –me dice El Tigre-. Hasta que suelten a ese alcalde.

Aquí, en la frontera entre Guatemala y Honduras, entre Honduras y El Salvador, el dominio de los señores del narco se parece menos a un pueblo lodoso en la frontera y más a unas llamadas telefónicas que contesta gente que está lejos de la frontera.

Seguimos en silencio. Esta vez es un silencio que hace que El Tigre se sienta incómodo.

—¡Bueno, bueno, está bien! –irrumpe-. Si me dice que esos señores controlan la frontera porque saben cada vez que entro a El Paraíso o El Espíritu, le digo que sí. Me pregunto por qué, y respondo que porque mi gente está infiltrada.

Seguimos en silencio, pero sigue siendo incómodo, porque El Tigre me voltea a ver, como esperando que yo lo interrumpa.

—Se quedó inquieto –le digo.
—Es que está bien, si usted me dice que los señores narcos mueven libremente las drogas en esta frontera, yo le digo que sí, porque nunca he decomisado ni un granito de cocaína…

El Ministerio de Seguridad calcula que cada año atraviesan el país 300 toneladas de cocaína. Copán se considera la principal puerta de salida terrestre de esa droga hacia Guatemala.

—¿En todo este año no ha decomisado ni un granito en tres departamentos que hacen frontera con Guatemala y El Salvador?
—Nada de nada. Y me pregunto por qué. ¡Eso sí, yo no me le ahuevo a nadie! ¿Vio o no vio?
—Es cierto, Tigre, veo que no se le ahuevó al alcalde, ¿pero de qué sirve eso?

Seguimos en silencio hasta llegar a Santa Rosa de Copán.

 


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