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Crónicas y reportajes /
De paseo por un punto ciego
Cuando de puntos ciegos entre El Salvador y Guatemala se habla, todo apunta a un lugar: San Antonio Pajonal. Las autoridades lo ubican como el enclave primordial del paso de la cocaína, lo relacionan con el Cártel de Texis, y un testigo protegido lo menciona como el lugar predilecto de El Burro Herrera, una de las presuntas cabezas del Cártel de Texis. Un conocedor del mundo criminal de la frontera nos acompaña en un recorrido por ese punto de cruce.

Fecha inválida
Óscar Martínez / Fotografías: Óscar Martínez

La frontera San Cristóbal, sin alguien que sepa leer sus signos, es puro calor, cientos de bolsitas plásticas que tapizan el suelo, decenas de camiones que esperan revisión, 12 conos policiales en zigzag, un mercadito callejero de frutas, verduras, sandalias, camisetas, escobas y chicharrón con tortilla. O sea que, sin un guía, la frontera San Cristóbal es desorden puro, es solo lo que en realidad está lejos de ser: un paso formal entre El Salvador y Guatemala. Por suerte, ahora que estacionamos el carro en la frontera San Cristóbal, no solo bajo yo, sino también Coyote.

—Pare el carro –me había ordenado Coyote antes de estacionarnos en la frontera. Era una curva cualquiera en la carretera Panamericana, dos kilómetros antes de llegar al paso San Cristóbal-. ¿Qué ve usted ahí?

—Monte, una cerca de madera y alambre. ¿Qué hay hacia abajo? ¿Un vivero?

—Ese caminito que usted ve atrás de la cerca es el que más utilizan los migrantes que quieren pasar a Guatemala sin que los vean: indios, chinos y colombianos, principalmente, o gente que es de aquí, pero tiene algún problema. Usted entra ahí, camina por el monte y va a salir a El Flor, para seguir hasta los punto ciegos de Pajonal y entrar a Guatemala.

Entrada que según Coyote es una de las principales rutas de internación hacia la frontera con Guatemala para los indocumentados que cruzan El Salvador. Es un terreno privado que, cruzando montes, llega hasta San Antonio Pajonal.
 
Entrada que según Coyote es una de las principales rutas de internación hacia la frontera con Guatemala para los indocumentados que cruzan El Salvador. Es un terreno privado que, cruzando montes, llega hasta San Antonio Pajonal.

Esta es otra frontera si uno viene con Coyote. Un caminito es solo un caminito, o tal vez era el próximo destino en la travesía de Varindelpal Singh, el indio de 21 años que viajaba con dos compatriotas suyos más y con el somalí Abdifatat Osman Mahamedque, de 23 años, que viajaba también con tres compatriotas suyos. Ninguno lo logró, porque el pasado 21 de mayo fueron detenidos por la Policía cuando eran conducidos por caminos de tierra desde la aldea Los Bolaños, aquí cerca, hasta este caminito, como explica Coyote. Esta es otra frontera si uno viene con Coyote.

Coyote fuma todo el rato. Coyote tiene unos 50 años, esa es su edad, porque no recuerda a cabalidad sus años. Coyote está arrugado, más que por la edad, por la mala vida. Coyote ha sido coyote, conoce las rutas de Guatemala, de la frontera con México y las de México, por donde ha llevado indocumentados -parientes, sobre todo, amigos de parientes también-. Coyote conoce el bajo mundo fronterizo porque es uno de sus hijos. Tres cosas que describen a Coyote: sabe usar armas de fuego, varios tipos de arma; no le teme a los pandilleros; sabe chivear como pocos. Dale unos dados, apuesta con él, y perderás dinero. Coyote conoce, alrededor de esta frontera, a cuanto político, traficante, contrabandista, pandillero o coyote se menee.

Nos alejamos del carro, hacia abajo, por la carretera Panamericana que lleva a la frontera formal, esa oficina de sellos y papeles. Coyote, que solo utiliza las palabras necesarias, señala a la izquierda y dice: 'El Golfo'.

Ya antes había descrito que allá adelante, casi llegando al garito fronterizo, encontraríamos un predio baldío, un aparente parqueo de carros, un lugar para instalar circos. Así es, a la izquierda, atrás del contenedor de un camión que espera turno, hay un portón y, cual portero de fútbol, en medio del portón hay un señor gordo que cobra a algunos de los carros que entran. Los carros entran a un predio baldío de tierra que en una de sus esquinas tiene un circo que, como mucho, tendrá a algún payaso vulgar y quizá un malabarista de, a lo mucho, tres pinos. En el resto del predio, polvo.

—Es una fachada –había descrito coyote–. El señor es dueño del predio, pero del predio salen caminos de tierra que han abierto, que van paralelos a la carretera y que pasan a Guatemala. El señor cobra dos quetzales a quien quiera entrar con mercadería de contrabando: jabones, dulces, cositas así. Ya para lo grande usted arregla un precio. Lo tienen bien vigilado, y están bien armados. De noche entran camiones y pick ups, y nadie sin autorización de ellos. Ni la Policía.

No queda de otra que creerle a Coyote, porque si cándidamente se le pide 'Entremos a El Golfo', su respuesta es precisa: 'Si usted entra a El Golfo es para hacer negocios; como turista, no. Y no le va a gustar que se enojen con usted'. Y esta será la primera y última frase peliculesca de este paseo.

De cualquier manera, El Golfo era un añadido, nunca fue parte de este recorrido mínimo por la frontera sin sellos. El objetivo, lo que según Coyote describe el carácter de esta frontera de cristal fino, es El callejón del turco.

Si uno transitara solo por aquí, y bajara caminando por la Panamericana, y pasara un circo decadente, y siquiera bajando, y volteara a su derecha luego de los 12 conos policiales, lo que vería es un pequeño callejón que tiene fin, cerrado. Al final, como tope del callejón, uno vería una tienda. Una tienda común.Pero todo eso es solo una ilusión. De cerrado no tiene nada el callejón.

Si uno va con Coyote, él dice: 'Crucemos aquí'.

Al callejón se entra unos 50 metros antes de llegar a la frontera formal. Derecha. 15 metros. Susurro de Coyote: 'El señor que está afuera de la tienda es uno de los que manejan aquí las cosas. Tomémonos una Coca Cola', dice Coyote, sin que su cara diga nada. Nada.

Se saludan. Un señor amable de unos 50 años. Lo normal, buenas tardes, qué calor más endemoniado, ¿no?, y el tráfico en esta frontera está terrible desde que se cayó parte del puente de la frontera de Las Chinamas. Y Coyote, a media Coca Cola, habla:

—Lo traigo a él, quiere conocer esta parte, por dónde se pueden llevar cosas.

El señor amabilísimo.

—En lo que le podamos ayudar, para eso estamos.

Y Coyote aprieta:

—Pasar cosas así suavecito, por debajo.

El señor es realmente muy amable:

—Baje, conozca allá abajo, sin problema, y ya sabe, para lo que necesite mover, aquí con gusto, sin problema se le mueve.

Uno camina por callecitas de tierra unos 20 minutos, hasta que se encuentra una piedra que le hace saber a uno que está ya en Guatemala, un mojón. En esa esquina hay unos muchachos y un borracho. El borracho pide un dólar para una botellita de guaro Cuatro Ases. Los muchachos escuchan a Coyote:

—Venimos a conocer, ya hablamos allá arriba.

Los muchachos extienden la mano como diciendo pase usted y siguen haciendo nada.

Allá abajo se pasa a Guatemala sin pasar por la frontera de sellos. Allá abajo no es lejos. No es un túnel subterráneo, no es un pedacito de tierra en una frontera desértica de cientos de kilómetros. Los pasos ilegales a los que lleva El callejón del turco están a unos pocos metros de la frontera formal, de los 12 conos. Un policía no necesitaría de un helicóptero o un avión chileno para reconocer la zona, sino solo de caminar unos pocos minutos. La idea absurda de una frontera entre Guatemala y El Salvador, de un punto ciego como un lugar oculto, de ubicación laberíntica, de coordenadas reservadas para un club exclusivo, se va al carajo aquí en esta frontera. Gran cosa, diría alguien, si de El Salvador para el vecino cualquiera pasa cuando quiera. Sin embargo, para alguna gente, ese callejón, esos metros entre el mercado de sandalias y la piedra burlada significa una buena ganancia. Un kilogramo de cocaína que en El Salvador se pague a unos 11 mil dólares, en Guatemala se puede pagar a entre 12 mil y 15 mil, no según la DEA, sino según un narcotraficante nicaragüense que se dedica a ser transportista, que lo ha hecho varias veces, con quien conversé en febrero de 2012, y según también dos exnarcotraficantes salvadoreños que también lo hicieron, con quienes conversé durante ocho horas en 2011.

La frontera entre El Salvador y Guatemala no pretende ser un muro férreo de control estatal. En una ocasión crucé ambas garitas, la de Guatemala y la de El Salvador, a las 9 de la noche, y tras buscar a alguien que me pusiera un sello, que me anotara en una lista, solo encontré a un vigilante con machete que me dijo que siguiera de largo. Sin embargo, ese desinterés, esa obstáculo necio, también habla de los otros, de los que necesitan cruzar esta frontera de papel de forma ilegal.

Coyote es sabio:

—Si lo que usted quiere es cruzar un gramito de coca o un mozote de marihuana para alegrarse en Guatemala, no sirve la molestia, pase en bus por la frontera buena. Si necesita esta otra es por algo.

Pero con todo y lo folclórico y desinhibido de este callejón, esta ha sido una parada secundaria con Coyote.

Conocí a Coyote dos meses antes de pedirle que me hiciera de guía turístico por estos rincones. Lo conocí por otros temas. Y fue la declaración de un testigo lo que me hizo pedirle el favor. A las 8:30 de la mañana de un 22 de noviembre de 2010, un hombre sospechoso se acercó a las oficinas de la División Antinarcóticos de la Policía Nacional Civil de Santa Ana, el departamento al que pertenece esta frontera. El hombre, sus razones habrá tenido, dijo a uno de los investigadores que tenía información sobre una red de narcotráfico en la que él mismo había participado, y que era liderada por uno de los que según la Fiscalía es jefe del Cártel de Texis. El hombre, según consta en expediente judicial, declaró que Roberto Herrera, conocido como El Burro, expresidente de la Feria Ganadera de Santa Ana, con antecedentes policiales en Estados Unidos, acusado también de liderar una banda internacional de robacarros, se encargaba de traer droga desde Honduras, y moverla sigilosamente por cantones, caseríos y aldeas del occidente salvadoreño hasta llevarla a un municipio llamado San Antonio Pajonal, donde sin problema la pasaba a Guatemala por puntos ciegos.

Pajonal, como se le llama al lugar, no es nada original en las indagaciones policiales de las últimas tres administraciones. Todos los informes lo ubican como el enclave, el paso, la puerta de oro, si hubiera que bautizar con el apelativo mexicano para la frontera de Sonora y Arizona a un municipio de El Salvador.

Tiene sentido: si uno dibuja un triángulo imperfecto entre Metapán –ciudad con algún edificio de cuatro plantas, cárcel, asfalto y más de 30 policías–, Texistepeque y Candelaria de la Frontera, la punta de acero sería Pajonal. Dos calles secundarias asfaltadas llegan hasta Pajonal –las dos que se ven en Google Maps–; una desde Texis y otra desde Candelaria. Decenas de caminos de tierra entran y salen de Pajonal. Desconocidos para muchos, no para Coyote.

La petición original para Coyote fue que me ayudara a entrar a Pajonal. La petición surgía de la idea de que en un lugar así, en un enclave de lo ilegal, en un eslabón indispensable de la ruta de la cocaína conocida como El Caminito, uno no podía entrar como en un centro comercial y pasearse entre las vitrinas solo para ver, sin amagar hacer negocios. Varias fueron las insistencias a Coyote: si creés que no habrá problema... Si evaluás que se puede... Si no está caliente la zona.

La respuesta de Coyote, breve siempre, fue la misma:

—Vamos.

Coyote quiso pasar antes por la frontera San Cristóbal, luego condujimos la calle de dos carriles que un kilómetro antes de esa garita cruza hacia Pajonal. Pasa por Santiago de la Frontera y llega hasta Pajonal.

Dos niños pescan con cañas improvisadas en uno de los puntos ciegos de San Antonio Pajonal, donde el río Cusmapa hace de frontera natural.
 
Dos niños pescan con cañas improvisadas en uno de los puntos ciegos de San Antonio Pajonal, donde el río Cusmapa hace de frontera natural.

Hay un dicho del mal periodismo que reza así: no permitas que la realidad te arruine un texto. Así, si alguien tiene una pequeña herida en la frente, lo describes como un inconfundible pirata, si un niño juega solitario en la calle, se trata de un niño desamparado, o si un pueblo fronterizo resulta un pueblo apacible y pacífico, puede escribirse como misterioso y con doble fondo: todo pasa bajo de agua. Al ver Pajonal, al menos como un incauto visitante, surgen los deseos de aplicar la insana regla. Apremian las ganas de que esa mirada del tipo en la esquina sea sospechosa, la mirada de un vigilante del narco, y jamás la de un pueblerino que solo se extraña de ver a un visitante. Aparecen los instintos detectivescos de que se cumplan los titulares: 'Ejército riguroso en los puntos ciegos', tituló La Prensa Gráfica en julio de 2010. 'Aquí está peor que en la frontera', empezaba la nota, citando a una mujer que se refería a Pajonal en relación con la frontera formal de San Cristóbal.

'Desde paquetes en bolsas plásticas hasta el filtro de aire del motor de los vehículos son estrictamente registrados por soldados salvadoreños del Comando Sumpul en los pasos fronterizos de San Antonio Pajonal...', se leía grave en El Diario de Hoy en una nota de julio de 2010, titulada 'Control y vigilancia de la Fuerza Armada en los puntos fronterizos'.

Todo concuerda con el mapa, con los titulares, con la lógica. Estar aquí debe de ser insólito, una verdadera inmersión en un lugar clave donde el Estado lucha de forma férrea contra el crimen organizado. Todo concuerda, de no ser porque no es así.

En San Antonio Pajonal comemos pollo y arroz con Coyote en un comedor que tiene las puertas abiertas de par en par. La comida, abundante y barata, la sirve una señora que tiene un hijo de tres años y ocho meses. El niño sale y entra del comedor, se pasea por la calle cuanto le da la gana, y su mamá ni vuelve a verlo. En Pajonal, comiendo pollo, uno se siente ridículo de haber fustigado a Coyote con preguntas sobre la incursión como si fuera una estratagema.

Pero aún queda la expectativa, lo que falta, la esperanza de que la realidad no lo arruine todo. Quizá esto no es lo que parece, y al abandonar el casco urbano y acercarse a los puntos ciegos uno encuentre la gravedad, los militares rigurosos, el control, la vigilancia, el punto ciego oculto, exclusivo de conocedores, el secreto violado. Cinco cuadras de pavimento desde donde jugaba el niño, tres calles de terracería a la derecha, un río que más parece el caudal de una cuneta del barrio Modelo de San Salvador en época de lluvias. Y la voz impertérrita de Coyote.

—Este es el punto ciego más utilizado. Del otro lado es Guatemala.

El punto ciego es un puente sencillo de cemento que une dos calles de tierra perfectamente aplanadas y por las que cabe un furgón. El punto ciego que lleva a los cantones El Sitio y El Guayabo, de Guatemala, periferia del municipio de Asunción Mita, el municipio clave del crimen organizado chapín en la frontera con El Salvador, la cuna de la banda de Los Temerarios, que según el ministro de Gobernación de Guatemala, Mauricio Bonilla, son tan poderosos que han mantenido a raya a los mismísimos Zetas, no es un rincón secreto, es una calle formal, en regla , solo que de tierra.

Punto ciego en la forntera El Salvador Guatemala. Foto El Faro
 
Punto ciego en la forntera El Salvador Guatemala. Foto El Faro

Dejamos el carro a la par del río y caminamos hacia el puente. Damos 10 pasos y descubrimos a dos militares somnolientos. La escena es así: dos hombres dejan un carro a la orilla del río en un punto ciego y caminan hablando de drogas y armas. 'Aquí pasa de todo, hasta furgones cargados con toneladas de droga. Aquellos barriles que la Policía encontró enterrados en una finca en 2010 con más de 2 millones de dólares por aquí entraron, todos los que sabemos de la movida sabemos que fue así', dice sin reparar en el volumen uno de los hombres –Coyote–. Entonces, los dos hombres ven a los militares. Algo harán , algo preguntarán. 'Yo soy de aquí –se escucha la voz de uno de los hombres, de Coyote– y vengo a enseñarle a él por dónde pasa de todo aquí'. 'Bueeeeeno', dicen un militar. Y los dos hombres pasan a pie al lado de Guatemala, por el punto ciego, sin que uno de ellos –Coyote– deje de decir frases que en la teoría de los titulares de prensa deberían de alarmar a un militar que custodia un punto ciego. 'Aquí se mete uno de noche en pick up y va a salir a diferentes ranchos privados, sobre todo en El Sitio, y ahí descarga la mercancía'. 'A lo mucho si lo paran los militares para revisarlo y usted no quiere que le revisen la carga, deja unos 20 dólares si es generoso'. '¿Cuál secreto? Usted cree que en este pueblito tres pick ups doble cabina no hacen todo el ruido del mundo. Si aquí a las 9 de la noche se muere todo'.

Regresamos a El Salvador, enrumbamos al carro.

—Adióóóóós, tenga buena tarde –dice uno de los militares.

Todo el camino de regreso lo ocupamos con Coyote para hablar sobre los trucos para chivear con dados. Sobre lo otro no había más que decir.

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